La radio que vive en nosotros
Su centenario en Cuba.
El derecho de nacer, la radionovela de Félix B. Caignet, es la madre de todos los culebrones, radiales y televisivos.
Foto: Tomada de La Jiribilla
En la nochebuena de 1906, Brant Rock Station, Massachsetts, produjo la primera transmisión radiofónica del mundo. En ella, Reginald Aubrey Fessender ejecutó al violín la pieza musical Oh holy night y leyó pasajes de la Biblia. Dieciséis años más tarde ese medio de difusión llegó a Cuba: de manera experimental el 22 de agosto y oficialmente el 10 de octubre con la notas del Himno Nacional desde la estación PWX.
Ha pasado un siglo durante el cual la ciencia y la tecnología han ido proporcionando nuevos medios de difusión masiva que han ampliado y modificado los gustos y preferencias de generaciones diversas. No sabemos con exactitud el uso de la radio por las últimas de ellas, pero sí conocemos cuánto significó para quienes nacimos hacia la mitad del siglo pasado.
Justamente por esos años ocurrió uno de los mayores sucesos de la radiodifusión en América Latina, la transmisión, por CMQ radio, de los 314 capítulos de El derecho de nacer a partir del primero de abril de 1948, la radionovela de Félix B. Caignet que es la madre de todos los culebrones, radiales y televisivos. Más de setenta años después lo sigue siendo. Para conocer los enredos de sus múltiples sub tramas mi generación tuvo que esperar la versión televisiva de la obra, en la década siguiente.
Tan poderosa era la industria productora de radionovelas en Cuba que en su novela La tía Julia y el escribidor, Mario Vargas Llosa refiere cómo en Perú dependían de ella, y aunque ese texto del premio Nobel de Literatura es una obra de ficción su aseveración tiene una correspondencia con la realidad.
Pero los años de nuestra niñez, los cincuenta, están marcados por Los tres villalobos, las aventuras escritas por Armando Couto en 1943, transmitidas inicialmente por Radio Cadena Azul y luego retransmitidas por CMQ. Miguelón, Rodolfo y Machito, encarnados por los actores Rolando Leyva, Ernesto Galindo y Jesús Alvariño, respectivamente, fueron nuestros primeros héroes radiales.
En los sesenta (en nuestro caso) la música nos dejaba poco espacio para otra cosa. La obsesión por el rock me llevaba de un extremo a otro del dial. Mas era difícil, por aquellos años, escuchar rock en la radio cubana, de manera que los programas dedicados a Los Cinco Latinos y a Vicentico Valdés están en un lugar especial de nuestra memoria, además de Nocturno, el primero de todos. Escucharlos era un bálsamo para nuestros cansados y dolidos cuerpos durante los años de Servicio Militar Obligatorio.

La voz de Rita Pavone nos acariciaba diciéndonos, “qué me importa el mundo cuando tú estás muy cerca de mí”, mientras Charles Aznavour nos cantaba, “qué profunda emoción recordar el ayer […] qué triste y sola está Venecia sin tu amor”. Todavía, al cabo de tantos años, “su lejano recuerdo nos viene a buscar”.
Más allá de la música, un sitio de privilegio en nuestra memoria sesentera lo ocupa Alegrías de sobremesa, el estelar programa de Alberto Luberta en Radio Progreso. En la batería antiaérea donde yo estaba, lo escuchábamos siempre que podíamos. Las frases del encargado, el personaje que interpretaba José Antonio Rivero, se copiaban continuamente y se incorporaban al lenguaje diario.
La radio nos siguió acompañándo en los años siguientes, ya fuera para las noticias, los programas de entretenimiento, de ciencia, de música, o deportes. Estos últimos me ocuparon –hasta una década atrás– mucho tiempo libre. En la niñez fueron los juegos de béisbol de la liga profesional cubana, especialmente los del club Almendares, y a partir de 1961, los partidos de la Serie Nacional, sobre todo los del equipo Industriales.
La pasión por la pelota me llevó a seguir las estaciones en las que no solo se transmitían juegos, sino que también se hablaba de béisbol, en programas como Tribuna deportiva, de la COCO, la emisora capitalina, y Deportivamente, de Radio Rebelde.
Mas no todo era béisbol. La música instrumental de Radio Enciclopedia, la música clásica de Radio Musical Nacional, o la hora y las noticias de Radio Reloj, nos acompañaron cada día en las horas hogareñas, como a muchísimas personas antes que llegara la fiebre de internet.
En los ochenta, fuera del seguimiento al béisbol, sintonicé poco la radio, pero alguna vez oí El programa de Ramón, aquella revista que escribía y dirigía el poeta Ramón Fernández-Larrea para Radio Ciudad de La Habana y fue un suceso cultural. Su mezcla de humor y música de manera inteligente lo llevaron a niveles altísimos de audiencia en la capital y más allá, hasta donde llegara la señal.
En lo que a humor se refiere es imposible olvidar al programa humorístico más relevante y célebre de la radio cubana, La tremenda corte, escrito por Cástor Vispo, con las actuaciones permanentes de Leopoldo Fernández, Aníbal de Mar, Mimí Cal, Adolfo Otero, Miguel Ángel Herrera, y Julito Díaz, y ocasionales de Erdwin Fernández, Wilfredo Fernández, Reynado Miravalles, y Miguel Yao, entre otros.
Como La tremenda corte se estuvo trasmitiendo en Cuba durante casi veinte años (1942-1961) y después no ha dejado de transmitirse desde el extranjero, siempre está ahí, alojado en un nicho de la memoria. Por eso, más que un recuerdo, es una presencia eterna, una leyenda viva de nuestro imaginario. Tres patines, el tremendo juez, el secretario, Luz María Nananina, el gallego, foeman parte de la familia cubana hace ochenta años.

Una aventura fugaz
Por muy breves espacios de tiempo, realicé incursiones en la radio como guionista: uno o dos programas para la emisora de Jagüey Grande (1982); uno para la de San José de las Lajas (1983); y varios para la de San Antonio de los Baños (1984). Para esta última llegué a crear un personaje (Equito) en un programa para niños. Pero, al parecer, no estaba en mi destino ser un profesional de la radio.
No obstante, en los noventa, cuando la crisis del papel amenazaba con dejarnos sin trabajo a los editores, me enrolé en un extenso curso de guion radial que impartió en el Centro de Estudios de Radio y Televisión, en Miramar, el decano de los asesores de programas dramáticos, Enrique Domínguez Sosa. Entonces fue que conocí, de cuerpo entero, a un hombre de la radio.
Enrique no solo fue un maestro en su especialidad, sino que era también una enciclopedia de la radio cubana, sobre todo en lo que a programas dramatizados se refiere. Lo conocía todo. Hombre de amplia cultura, graduado de dos carreras universitarias, lector voraz, vivió para la radio durante casi medio siglo. En 2013, durante una conversación, me dijo que hasta hacía muy poco tiempo había conservado en su casa las 4 mil cartas que enviaron a Radio Progreso los oyentes de Clave ocho treinta, un programa que él asesoró por más de cuarenta años.¹
La radio en tiempos de internet
El huracán fuerza 5 que ha sido internet para las comunicaciones ha modificado las maneras de consumir el tiempo en los medios. La generación z se acuesta y se levanta con el móvil en la mano. Muchos y muchas de ellos y ellas lo hacen casi todo por ahí. Tal vez escuchen algún programa musical en la radio. El resto de las generaciones, que tienen otras costumbres, y sobre todo las personas de mayor edad, todavía se informan, oyen música, dramatizados, revistas, o un partido de béisbol, por la radio. Pero ya es muy difícil que un programa paralice La Habana, como lo hizo Chan Li Po. (2022)
Nota:
¹Véase: https://www.ipscuba.net/sin-categoria/enrique-dominguez-una-vida-en-la-radio/
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