Mentir, manipular y el arte de la novela*
En ese juego abierto entre la verdad fáctica y la mentira de la ficción existe un puente que el novelista siempre debería atravesar: el de la honestidad, que es más una actitud ética que una categoría estética.
¿Se puede escribir una novela sin mentir? ¿Es lícito para el novelista falsear o ficcionalizar la realidad y alterarla, mentir con impunidad, ocultar verdades? ¿Es el novelista un mentiroso con patente para ejercitar los más diversos engaños?
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la novela y la mentira siempre van de la mano.
Novela
(Del it. Novella, noticia, relato novelesco)
1.f. Obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte (…)
- f. Ficción o mentira en cualquier materia.
Ficción, por su lado, es definido como (1) acción y efecto de fingir o (2) invención, cosa fingida.
La novela es entonces, desde su misma semántica y en su esencia práctica, un ejercicio en el que se valida y acepta la mentira. Pero, a diferencia de otros engaños, ocultamientos, manipulaciones de la realidad, tergiversaciones de los hechos, el arte de la novela suele mentir para decirnos una verdad y lo hace a partir de un código o acuerdo tácito establecido desde sus mismos orígenes históricos y que le otorga una limpieza ética inexistente en otros territorios de expresión: como novelista yo le cuento una mentira al lector como si fuera verdad (la necesaria verosimilitud) y el lector, sabiendo que yo le miento, me leerá como si yo le contara una verdad (disfrute estético y proceso cognitivo a través de la ficción).
Existe toda una novelística cuyo carácter está definido por la fantasía del autor, que imagina y crea una realidad paralela con la cual diseña un mundo en el cual se expresan (o no) sus propias verdades. Las novelas de caballería renacentistas, las novelas góticas clásicas, la ciencia ficción o novela de anticipación mienten con la mayor impunidad para procurar expresar estética y sintéticamente una figuración, concepción o estado de la realidad que la ficción estiliza y, en ocasiones, la hace más verdadera. La fábula futurista y distópica de 1984, la emblemática novela de George Orwell, es siempre un excelente ejemplo de lo que, a través de un mundo ficticio, se puede revelar sobre una realidad que vivimos y sufrimos: la sociedad del control, esa de la que poco hablan los sistemas totalitarios (y de la que hablan menos y también practican los que no se consideran totalitarios).
En el otro extremo artístico se halla la novela realista, que procura reproducir con recursos literarios un contexto concreto y revelarlo, fijarlo. Su más lejano antecedente quizás sean las novelas picarescas, aunque su gran esplendor ocurre en el siglo XIX, con el auge del racionalismo, los adelantos científicos y la más acabada concepción de la Historia como disciplina. Sthendal, en la primera mitad de la centuria pretendió un reflejo especular de la realidad, o sea, su reproducción mimética. De Balzac se dice que su Comedia Humana es el mejor estudio y evaluación de la sociedad francesa de su época. Flaubert declaró que con Madame Bovary y su trama de adulterios solo pretendía llegar “al alma de las cosas”. Chandler sintetizó el realismo con que Hammett cambió el destino de la novela policial afirmando que su maestro había arrojado en plena calle el jarrón veneciano de la tradicional literatura detectivesca.
Mientras, durante la invasion soviética a Praga en 1968, Milan Kundera se lamentaba:
Por las calles [de Praga] deambulaban los soldados rusos, y yo estaba aterrado por la idea de que una fuerza aplastante fuera a impedirnos [a los checos] ser lo que éramos y, al mismo tiempo, comprobaba, atónito, que no sabía cómo ni por qué nos habíamos convertido en lo que éramos; no estaba siquiera seguro de que, un siglo antes, hubieran elegido ser checos.
Y no era conocimiento acerca de los acontecimientos históricos lo que me faltaba. Necesitaba otro tipo de conocimiento (…). Tal vez una novela, una gran novela, me habría hecho comprender cómo lo checos entonces habían vivido su decisión [de ser checos y no alemanes]. Pero nadie escribió una novela semejante. Hay casos en que la ausencia de una gran novela es irremediable. (El telón)
La novela, pues, con sus recursos y estrategias ficcionalizadoras, mintiendo a veces, no solo fija, sino que también es capaz de crear una realidad más reveladora diciendo desde sus modos una cierta verdad, que no necesariamente tendría que ser la verdadera.
No obstante, en ese juego abierto entre la verdad fáctica y la mentira de la ficción existe un puente que el novelista siempre debería atravesar: el de la honestidad, que es más una actitud ética que una categoría estética. Con independencia (o sin ella) del material escogido para moldear la ficción, debería imponerse un respeto hacia el tratamiento de la realidad que entraña un respeto hacia la sensibilidad e inteligencia del lector. Es dos palabras: se puede mentir novelescamente, pero no se debería engañar arteramente.
Ese es un principio ético y estético que he seguido en mi trabajo como novelista: la verdad –he dicho- es relativa, y puede leerse desde distintas perspectivas. La mentira, en cambio, es absoluta. Por eso en mis novelas hay una verdad posible sobre la realidad que hemos vivido los cubanos, en la historia y en el presente. Pero lo que no encontrará el lector es una sola mentira que altere la realidad de los hechos: hay ficción, invención, manipulación, porque son novelas, pero no hay mentiras en cuanto a la esencia de las realidades que reflejo y sintetizo. La mentira es mi potestad como novelista pero la verdad es mi escudo como ciudadano. (2023)
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* Publicado originalmente en revista Preocupaciones, septiembre 2023
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