Padura recibe el Premio Pepe Carvalho

Fundado en 2005, el premio se entrega cada año a un escritor de novela policíaca durante el Festival BCNegra en Barcelona.

Padura recibe el Premio Pepe Carvalho de manos de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona

Foto: Cortesía de la autora

Quizá por su reconocida admiración hacia el escritor barcelonés Manuel Vázquez Moltalbán, o tal vez por su relación con el librero Paco Camarasa, defensor de causas que parecían perdidas y fundador del festival literario Barcelona Negra, lo cierto es que para Leonardo Padura el Premio Pepe Carvalho tiene un regusto especial, como el del vino compartido con amigos, las buenas comidas o las interminables sobremesas hablando de lo humano y lo divino, pero sobre todo de libros. De Vázquez Montalbán, al que llegó a llamarlo Manolo, siempre ha dicho que fue uno de los escritores que le mostró el camino de la literatura policial en lengua española. Y de Paco Camarasa todavía lamenta su pérdida cuando tanto había hecho y le quedaba por hacer, luchando contra los molinos desde su pequeña gran librería “Negra y Criminal”, en la Barceloneta.

El Premio Pepe Carvalho se entrega cada año a un escritor de novela negra durante el Festival BCNegra, fundado en el 2005. Celebrada en esta ocasión del 6 al 12 de febrero, la BCNegra se ha convertido en punto de encuentro de escritores, periodistas y editores, donde los lectores pueden asistir a un excelente programa de presentaciones de libros, conversatorios, mesas redondas, paseos temáticos y proyección de películas relacionadas con esa literatura que gana cada vez más adeptos.

El nombre del Premio rinde homenaje al personaje Pepe Carvalho, el peculiar detective creado por Vázquez Montalbán, y se otorga a los autores cuya obra haya contribuido a dar visibilidad y renombre al género. Su prestigio está más que consolidado por algunos de los autores que aparecen en la lista de los premiados, entre los que se cuentan Henning Mankell (2007), Juan Madrid (2020) Don Winslow (2022), James Ellroy (2018), (2015), Andrea Camilleri (2014), Petros Márkaris (2012) y Michael Connelly (2009), por solo nombrar algunos de los más conocidos.

Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, Padura y el jurado del Premio Pepe Carvalho 2023

Este año el jurado estuvo presidido por el escritor y comisario del evento, Carlos Zanón e integrado por Anna Abella, Lilian Neuman, Esteve Riambau y por Rosa Ribas y Daniel Vázquez Sallés como vocales. El ganador fue anunciado el día 6 en el acto inaugural de la 18 edición del festival por la narradora argentina Claudia Piñeiro, quien obtuvo el galardón en 2019.

Mientras, la entrega oficial del Pepe Carvalho se realizó el día 9 en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona. En representación del jurado, Rosa Ribas leyó la justificación del premio donde señaló que Padura es “una de las voces más prominentes y comprometidas de la literatura latinoamericana actual; una voz comprometida tanto con la literatura como con Cuba, la gran protagonista de sus obras, ya sea en las novelas policiales como en las históricas, géneros entre los cuales se mueve magistralmente».

El Pepe Carvalho, un premio muy especial para Leonardo Padura

En sus palabras al recibir el nuevo galardón de manos de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, Padura rememoró el ya lejano año de 1988, cuando asistió como periodista a la primera Semana Negra de Gijón, un encuentro al que acudió con todas las expectativas de los enamorados, aunque entonces solo era un aprendiz de novelista y crítico feroz de la casi siempre políticamente complaciente novela policial cubana de aquella época.

Fue durante ese viaje, y gracias a un regalo del escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II, que el cubano pudo leer La soledad del mánager de Manuel Vázquez Montalbán, un autor que, como descubriría después, terminaría convirtiéndose en uno de sus referentes en ese camino que estaba a punto de recorrer en la corriente del nuevo policial iberoamericano. Ni podía imaginar entonces que aquel encuentro literario lo acercaría a este instante, donde recibiría un reconocimiento que se suma a la ya larga lista de congratulaciones nacionales e internacionales recibidas por el novelista cubano, pero este con el sabor especial de llevar el nombre de ese personaje inspirador que fue Pepe Carvalho, que miraba con ojo crítico, incluso cínico, su realidad y que, según confiesa Padura, ha sido como un padre para su escéptico y nostálgico Mario Conde.

Firma de libros en Aribau Multicines

Siempre en el marco de la BCNegra y para mostrar otra de las facetas del trabajo de Padura, esta vez como guionista, la Filmoteca de Cataluña proyectó el 7 de febrero la película Vientos de La Habana, que es el primer capítulo de la serie televisiva Cuatro estaciones en La Habana, basada en la tetralogía literaria Las cuatro estaciones y protagonizada por el personaje Mario Conde. Antes de la proyección se realizó una firma de libros en la librería de la Filmoteca y un pequeño diálogo entre el autor y el director de la Filmoteca, Esteve Riambau.

… Tan importante como la relación personal que pude sostener con Vázquez Montalbán, hoy quiero reconocer con gratitud la importancia que tuvo para mi propio trabajo literario el conocimiento de su obra, la osadía de su estética, el desparpajo con que trató los códigos del género y los caminos que abrió para muchos escritores…»

Leonardo Padura

Para cerrar su participación en la BCNegra, el sábado 11 Padura sostuvo una conversación con el periodista de El País Juan Carlos Galindo en Aribau Multicines, con el tema “El doble al otro lado del muro”, donde se habló de las diferentes maneras en que el autor se desdobla en algunos de sus personajes y otros aspectos de su obra.

Durante el mes de febrero, el escritor cubano continuará su gira de presentaciones, conferencias y talleres en varias ciudades de España.

Las cosas del destino*

Aunque me considero un agnóstico no radical ni militante, creo en la gravitación de ciertas señales premonitorias relacionadas con la existencia humana, animal y hasta vegetal. Hay árboles que nacen torcidos y jamás su tronco enderezan, perros con suerte y perros desafortunados, y seres humanos con un destino marcado por un signo que puede revelarse o no en algún momento, pero que siempre gravita sobre su existencia. Es la predestinación, o sea, la condición de “destinar anticipadamente algo para un fin”.

En el verano de 1988 llegué por primera vez a España. Tenía entonces treinta y dos años, una sola estancia fuera de la isla que había sido más una condena que un regocijo –un año completo en Angola, en tiempos de guerra-, vivía del periodismo y, unos meses antes, había publicado en Cuba mi primera novela, un ejercicio rotundo de aprendizaje que titulé Fiebre de caballos. Pero fue mi trabajo como periodista, no mi condición de novelista édito, la que me trajo a España para cubrir las actividades de la I Semana Negra de Gijón, la madre de todas las semanas negras iberoamericanas, el evento que reunió en Asturias a la mayor cantidad, y podría decir calidad, de los autores en activo relacionados con el género negro o novela policial.

La invitación que me hicieron los organizadores de la Semana Negra respondía al conocimiento de que, a lo largo de unos diez años de ejercicio profesional periodístico, una de mis especialidades fue la crítica de la literatura policial, sobre todo la que se escribía y publicaba en Cuba, una novelística a la que saludé con entusiasmo en un primer momento y a la que fustigué después mientras comprobaba cómo la posibilidad de hacer literatura se desvanecía con la oportunista opción de crear panfletos políticos afirmativos que garantizaban a los escribidores la facilidad de la publicación con tiradas de hasta 50 mil ejemplares.

En los dos o tres días que pasé en aquel Madrid de julio de 1988, ahora puedo decir que cumpliendo etapas de un destino escrito aunque encriptado en alguna parte, el fundador de la Semana Negra, el novelista Paco Ignacio Taibo me regaló un ejemplar de una novela, comprada en un puesto de libros de segunda mano de El Rastro. El título de la novela, La soledad del mánager; su autor, Manuel Vázquez Montalbán. Y una recomendación de Taibo: leétela, Manolo va a asistir a la Semana Negra.

Uno o dos años atrás yo había descubierto a ese autor español de novelas policiales llamado Manuel Vázquez Montalbán. Fue en una biblioteca recién abierta en La Habana que atesoraba ediciones de novedades sellos españoles, donadas por Gabriel García Márquez a un centro cultural cubano. La colección estaba compuesta por los centenares de títulos que le enviaban las editoriales a las oficinas de Carmen Balcells y de los que Gabo tomaba solo algún que otro ejemplar.

Allí encontré una novela de ese escritor español de libros policiacos y, empujado por el destino, enmascarado de curiosidad, más que por el interés en leer un autor español de policiales, pedí en préstamo El balneario y comprobé que mis prejuicios respecto a los autores españoles de novela policiales tenían algo de razón: la novela hablaba de un detective privado que se somete a una cura alcohólica y gastronómica y que no deja de hablar de las comidas que quisiera comer, los vinos que quisiera beber, mientras es agredido con un régimen de lavativas. ¿De qué iba aquello? ¿A quién podía importarle las obsesiones gastronómicas de un tal Pepe Carvalho encerrado en un tiránico centro de rehabilitación regido, para colmo de males, por simpatizantes nazis?

Con ese antecedente no demasiado favorable, todavía en Madrid y todavía en julio de 1988 comencé a leer La soledad del mánager y percibí cómo se abría una brecha en la oscuridad de mis prejuicios: con el entusiasmo de haber realizado un importante descubrimiento, comprendí que había comenzado a leer las novelas de Carvalho sin tener las claves de su historia y personalidad que se me revelaban con esta nueva lectura, a la que siguió, casi de inmediato, la de Los mares del sur, y la claridad se hizo un potente rayo de luz… Tanto que, unos días después, ya en plena Semana Negra de Gijón tuve mi primer encuentro con Vázquez Montalbán que, generoso, me concedió una hora de su vida para que lo entrevistara.

(Por cierto, también debe haber sido en esa Semana Negra de 1988 cuando conocí a un librero de Barcelona con el que establecí una relación de complicidad y simpatía, el insustituible Paco Camarasa, fundador de estas otras semanas negras de Barcelona, y cuya apasionada labor por la promoción de la literatura criminal contemporánea quiero reconocer y agradecer en esta tan propicia ocasión. Gracias, Paco, allá donde estés, seguramente ataviado con una camiseta con el nombre de tu librería, Negra y Criminal)…

Al cabo de unos años supe que el destino lo había preparado todo. El desencuentro inicial, la revelación posterior, el contacto personal con Manuel Vázquez Montalbán… todo se encadenaba y un año después de aquel memorable 1988, en una Cuba que veía cómo el mundo comenzaba a vivir una tremenda voltereta histórica, comencé a escribir mi primera novela policial porque había descubierto a donde quería llegar con ella, o, mejor aún, sabiendo que no quería llegar a la novela policial que se escribía en Cuba y que, para ello, debía encaminarme hacia las búsquedas, propuestas, intenciones de la nueva novela policial iberoamericana, una estética de la que Vázquez Montalbán era uno de los más notables y paradigmáticos representantes. Bajo esa luz escribí Pasado perfecto, que se editaría en 1991, y le di el soplo de vida al personaje de Mario Conde.

Pero el destino no se detenía… en otras Semanas negras, o en estancias de trabajo en Barcelona, volví a encontrarme con Manuel Vázquez Montalbán y, mientras me regalaba ejemplares de las nuevas obras que iba editando, establecimos una relación de cercanía con las características y condiciones que podía tener tal relación con una persona con el carácter de Vázquez Montalbán al que, en algún momento, empecé a llamarlo Manolo. Y fue gracias a esa relación que, en 1997, cuando Tusquets Editores publicó mi novela Máscaras, la primera que se editaba en España, me atreví a pedirle a Manolo que hiciera la presentación y, generoso como solía ser, aceptó y la hizo. Ahora estoy convencido de que de las 20 o 30 personas que asistieron a ese evento, la mayoría se movieron para escuchar al creador de Pepe Carvalho y dos o tres a conocer a un novelista policiaco cubano (contra cuya literatura podían sobrar los prejuicios) que se aparecía con una novela protagonizada por un policía llamado, nada más y nada menos, que Mario Conde…

Justo en ese año de 1997 la relación de amistad que ya tenía con Manolo se intensificó con sus varios viajes a La Habana cuando decidió meterse en el meollo de la realidad cubana en vísperas de la llegada a Cuba del papa Juan Pablo II, acontecimiento del que nació el libro Y Dios entró en La Habana, publicado al año siguiente. Durante aquellas estancias habaneras tuve la ocasión de orientar algunas de las búsquedas de personajes e historias que interesaban al escritor y, siempre lo recuerdo, facilitarle el encuentro con una especialista que investigaba uno de los grandes misterios eternos de la vida cubana: de dónde sale la comida que consumen los cubanos. Sobre el éxito de esa pesquisa no puedo garantizar nada: ni que la especialista haya logrado saberlo, ni que Manolo haya podido entenderlo, porque todavía hoy, con mi larga y ancha experiencia de vida en Cuba, yo me siento incapaz de encontrar una solución para ese crimen perfecto.

Pero, tan importante como la relación personal que pude sostener con Vázquez Montalbán, hoy quiero reconocer con gratitud la importancia que tuvo para mi propio trabajo literario el conocimiento de su obra, la osadía de su estética, el desparpajo con que trató los códigos del género y los caminos que abrió para muchos escritores, al menos para mí de manera tan decisiva que, por años, he reconocido que mi Mario Conde es nieto literario de Philip Marlowe e hijo de Pepe Carvalho…

Y por eso creo que el destino, pertinaz, me ha traído hasta este salón, está noche. No sé si estaba escrito desde 1988, cuando leí La soledad del mánager y Los mares del sur, o desde 1990 cuando escribí Pasado perfecto, pero sí sé que el origen de esta predestinación es remoto. Entre ese origen y este acto han ocurrido muchas cosas: yo he escrito otras ocho novelas con mi personaje de Mario Conde, Dios pasó por La Habana y siguió de largo, Manolo murió en Bankok, donde alguna vez Carvalho vio pájaros volar como presagio del destino, la semana negra de Barcelona creció y acogió este premio, Paco Camarasa y Negra y Criminal nos abandonaron solo físicamente, y un jurado ha decidido que yo reciba el Premio Pepe Carvalho, quizás porque, sin ellos saberlo, el destino los empujó y hoy, aquí, se cumple una de sus insondables voluntades.

Gracias a Manolo por lo que nos dio a mí, a decenas de escritores y a millones de lectores, gracias a Paco Camarasa por su labor como promotor de la novela negra, gracias a Tusquets y a la inolvidable Beatriz de Moura por haberme sostenido todos estos años y gracias a los lectores que, por fortuna, son más de esos 20 o 30 que asistieron a la presentación de Máscaras en 1997. Y gracias a los organizadores de estos encuentros por distinguir, entre tantos escritores posibles, a un novelista cubano que llega hasta Pepe Carvalho de la mano de su hijo literario, Mario Conde, el Conde de La Habana, Cuba: un plebeyo con apodo de aristócrata amante del ron y los frijoles negros.

Gracias a todos.

*(Leído  por Leonardo Padura, el 9 de febrero de 2023, en la recepción del Premio Pepe Carvalho 2023, Ayuntamiento de Barcelona)

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