Rompiendo el silencio: De Otelo a Hannibal Lecter

El capítulo “ConCausa” de la serie televisiva cubana adoleció de morbo excesivo en el tratamiento de la violencia sexista y contribuye a relanzar estereotipos y ocultar las expresiones más comunes de este fenómeno.

El actor Luis Alberto García se desempeña como un celoso patológico en un controvertido episodio de la serie televisiva Rompiendo el silencio.

Foto: Tomada del sitio web de la Televisión Cubana.

Buscaba algo atractivo que ver esa noche de domingo y, ¡sorpresa!, Luis Alberto García en pantalla. Uno de los actores cubanos que más he admirado y defendido y, aunque no siempre se involucra en proyectos audiovisuales de alto perfil estético, disfrutar su desempeño interpretativo es un regalo a apreciar. Mas, esta vez, su encomiable capacidad para representar con verosimilitud cada protagónico que cae en sus manos, me ha dejado con una imagen repulsiva de su personaje.

Desde que apareció la actriz con un brazo en cabestrillo estuvo claro que se trataba de la historia de una mujer maltratada. De inmediato comencé a ponerme tensa y nerviosa, porque no podía saber hasta qué punto llegaría la exposición de la violencia. Ante un teleplay con escenas de crueldad podemos sufrir la misma sensación de inquietud y miedo que frente a una bronca callejera.

Pero a diferencia de la riña tumultuaria, de la que una pudiera sustraerse y seguir su camino, en este caso se trataba de una ficción, algo para ver dentro de un espacio de sensibilización contra la violencia de género y, supongo, con fines educativos. Decidí quedarme hasta el final, no obstante el malestar emocional y físico —la adrenalina puede causar esos efectos— que me producía el morboso tratamiento del tema.

Viviendo con Hannibal Lecter

El episodio “ConCausa” de la serie televisiva Rompiendo el silencio concentraba en un solo individuo un verdadero muestrario de crímenes: violencia psicológica, violencia física, violencia económica, violencia vicaria (cuando se manipula a menores, en este caso a la hija), secuestro y abuso sexual, que incluyó zoofilia y violación; todo cometido por el marido contra la esposa.

Pero lo que me exasperó no fue el nivel de realismo con que fueron escenificadas las situaciones, aunque rebasara mi nivel personal de tolerancia hacia la violencia en los medios. Lo que me tuvo paralizada fue, además, el asunto mismo que se llevaba a escena. Un sicópata arremetiendo contra su mujer.

No menos sorprendente fue el desenlace: La esposa decide enviar a su hija a casa de la abuela, en otra provincia, con la ayuda de una amiga. Luego regresa donde el marido. Este le propina una ingente paliza y empieza a regar gasolina por toda la habitación con intenciones de quemarla viva. Ella logra propinarle un botellazo que lo desmaya, enciende un fósforo y le da candela.

Un caso de violencia extrema contra la mujer (interpretada por Linda Soriano) es el tema del capítulo “ConCausa”

En el plano final, la vemos salir al portal y la actriz da una imagen de mujer anonadada, perpleja, confusa, ausente, que a mí me supo a derrota. Esta mujer nunca rompió el silencio, sino que fue arrastrada a una situación inaudita, a la cual dio fin ejerciendo una violencia reactiva, propia de cualquier ser humano en tal contexto; entonces matar, la convierte en homicida.

La vulnerabilidad de la mujer en estos casos, puede llegar incluso al acoso judicial; es decir, la verdadera víctima es vista como victimaria y puede ser juzgada y sancionada por la ley.

El marido es un monstruo. Cualquiera en ejercicio sano de la razón, lo condenaría. La inmensa mayoría de los hombres hallaría condenable a un sicópata como el de marras. Incluso Hannibal Lecter, que también es un feminicida; aunque único en su clase. Su expediente como asesino contempla lo del género, pero lo rebasa con creces. Hannibal no decide enamorar a mujeres para convivir con ellas y luego, pasado un tiempo, desollarlas vivas porque está celoso. Hannibal va a lo suyo, sin preámbulos ni rodeos.

Es decir, entre un criminal que golpea a su esposa hasta matarla y el típico machista de todos los días, se escoge el caso extremo, olvidando que tanto daño hace uno como otro. El cotidiano suele pasar inadvertido porque ejerce su dominación mediante fórmulas naturalizadas de violencia que la propia víctima no identifica. Los tratamientos argumentales con que los medios proponen estos temas a la sociedad, moldean las actitudes y opiniones de las personas, que reciben a través de un producto en el que confían, un mensaje considerado positivo.

Dale candela y tíralo al río

A una mujer que estuviera viviendo ahora mismo esa situación ¿qué alternativa le ha sido propuesta? Absolutamente ninguna, como no sea el suicidio o el homicidio. Pero una cosa es reaccionar bajo un estado de necesidad donde una persona mata para salvar su vida —como hace la protagonista—, y otra cosa es que una espectadora maltratada no halle mejor respuesta que matar a su esclavizador antes que escapar y denunciar.

La opción de “darle candela” complica el trauma de quien tendría que enfrentar un proceso penal, con todos los desgastes físicos, económicos y emocionales que ello implica. En mi criterio, el episodio debería, desde el conocimiento riguroso del problema que quiere plantear, ayudar verdaderamente a romper el silencio.

Como la muchacha de “ConCausa” —muy bien interpretada por Linda Soriano— no huye ni denuncia, da pie a otra falsa percepción: una mujer golpeada por su pareja pasa, muchas veces, por el delicado argumento del libre albedrío. Las personas se cuestionan por qué se casó o se juntó con ese sujeto, y de ahí derivan que es masoquista y le gusta el maltrato. En realidad, la espiral de agresiones contra la mujer comienza con ligeras prohibiciones. Al principio todo parece color de rosa.

Aun no queda claro que la violencia de género se inserta dentro de un marco mayor de desigualdades y discriminación como parte de un esquema social y una praxis histórica. Semejante modelo, anclado en la heteronormatividad, distribuye distintos roles a hombres y mujeres, privilegiando los valores y la jerarquía masculina por sobre las aptitudes y valores femeninos, mediante sutiles mecanismos de dominación que se van actualizando como normas aceptadas de comportamiento social.

El síndrome del príncipe azul

La tendencia a identificar la violencia machista con los golpes, el maltrato físico, el asesinato y las agresiones más sádicas, como las que muestra el dramatizado, distraen la atención en dos sentidos.

En primer lugar, ocultan la peculiaridad de que ninguna relación tóxica, por lo general, comienza directamente con malos tratos, improperios y empujones, sino con la romantización de las expresiones de un supuesto amor, que se disfraza de una pasión intensa y expresada por celos, que siempre son injustificados, pues solo una educación basada en el modelo heteronormativo engendra esa patología en el ser humano, sea hombre o mujer.

Tengamos claro que los celos son siempre una excusa. Un atajo hacia la crueldad, un falso móvil, incluso para Otelo, ya sea el de Shakespeare o el de nuestros días, replegado en la intimidad doméstica. El argumento de los celos, interpretado como ultraje a la masculinidad, es uno de los pretextos a los que recurre el abusador.

Y segundo, que las prácticas más extendidas y naturalizadas de la violencia machista se localizan en ataques a la esfera emocional y síquica de la mujer de forma continuada en el tiempo. Ocurre el llamado mansplaining, que consiste en corregir por el hombre lo que ella dice o hace, en explicarle presumiendo que las desconoce por su “natural ignorancia”, y despreciándola cuando tal vez tenga tanto o más conocimientos que él.

También, el ataque a sus atributos físicos o la desvalorización intelectual, el gaslighting (le hace creer que tiene comportamientos neuróticos o que padece trastornos mentales); la violencia económica, cuando la priva de recursos financieros o controla aquellos que ella misma genera o posee, entre otras.

Todo lo anterior puede incluir o no el ataque físico, aunque no llegue a los estadíos de mayor gravedad. De esta manera, la mayoría de las mujeres maltratadas no sospechan siquiera que lo son, pues la imagen pública de la violencia sexista no resulta representativa de lo que ellas sufren.

Los golpes no enseñan

Los estudios sobre violencia de género han señalado muchas veces que la mayoría de mujeres maltratadas sufren agresiones físicas y psíquicas menos extremas pero constantes en el tiempo. Con lo cual, el feminicidio, obviamente condenable, sólo representa la expresión más extrema y la punta del iceberg del fenómeno.

La representación que hacen los medios de la violencia contra la mujer también contribuye a fomentar ideas y actitudes que le “explican” a la sociedad de qué manera entender esa práctica abusiva. Un sicópata golpeando y matando a una mujer, ni es lo típico ni es educativo.

De hecho, lo usual es que el hombre no mate a la mujer, sino que trate de mantenerla viviendo bajo el hostigamiento y el miedo, como mecanismos cómodos para doblegarla a su antojo.

Volviendo al audiovisual que motiva este texto: si la víctima hubiera intentado denunciar, podía haberse planteado la variante propositiva en torno al apoyo de instituciones dispuestas a enfrentarse al abuso; y evitar así la imagen de una sociedad que, tácitamente, permite o tolera esos delitos.

De esta forma, se habría enfatizado en la responsabilidad que debe asumir el abusador con sus actos. Por ejemplo, este señor no es un lumpen, sino un hombre trabajador, que se presenta vestido de cuello y corbata a manejar su taxi y, se supone, tropieza a diario con no pocas situaciones que ponen a prueba su control y su paciencia.

Es cierto que en los cuarenta o cincuenta minutos que dura un episodio televisivo, no se pueden tratar con prolijidad todas las aristas de la agresión a la mujer dentro de la pareja. Sin embargo, aquí cuajaron, en tan breve tiempo, un compendio de perversidades que espeluzna. Como el alcohólico que se obnubila ante su enfermedad, ningún maltratador va a mirarse en ese espejo, ya sea porque nunca ha llegado tan lejos en su proceder, o porque está tan tarado que no puede reconocerse.

En última instancia, lo importante es darle a una potencial víctima las herramientas, alternativas, recursos, y no devolverle imágenes que reproduzcan su agobiante realidad (2021).

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