Senel Paz: Del teatro, la literatura y el cine

La circunstancia de que tres obras de teatro con la firma del escritor cubano estén ocurriendo en La Habana y Miami nos llevó a esta entrevista en la que revela algunas de sus claves creativas.

Senel Paz se ha destacado en el panorama de la literatura cubana como muy pocos autores; sin embargo no ha recibido el Premio Nacional de Literatura.

Senel Paz (Villa Clara, 1950)  es una de las personas más modestas y generosas que he conocido. No le gustan las entrevistas así que cuando accedió a esta para La Esquina de Padura me sentí muy honrada y feliz.

Se ha destacado en el panorama de la literatura cubana como muy pocos autores; sin embargo no ha recibido el Premio Nacional de Literatura. Injusta verdad.

Quienes lo conocemos sabemos de su vocación por la verdad y la justicia y quienes siguen La Esquina de Padura podrán comprobarlo a partir de las respuestas a un cuestionario que él maduró y contestó, según me dijo, con mucho gusto.

He aquí algunas verdades reveladoras de quien vive alejado de los medios y la parafernalia mundana para vivir la cultura de la mejor y más honesta de las maneras.

Fresa y chocolate (Querido Diego), se estrenó en mayo en el teatro Bertolt Brecht, de La Habana, dirigido por Tony Arroyo.

Marilyn Bobes (MB): En estos momentos hay tres puestas en escena (dos en La Habana y una en Miami) sobre textos tuyos o escritos por ti ¿Qué nos puedes decir sobre ellas?

Senel Paz (SP): Sí, es un hecho curioso. Sin embargo, me ha ocurrido antes, como te contaré. Esta vez se trata de un montaje de Fresa y chocolate (Querido Diego), la pieza escrita por mí, en el teatro Bertolt Brecht de La Habana, dirigido por Tony Arroyo, estrenado en mayo; el mismo título está en el teatro Trail, de Miami, el más importante allí para la cultura latina, bajo la dirección del teatrista cubano Yusnel Suárez; y la tercera es una versión del cuento Los novios, de mi primer libro, El niño aquel, por el grupo Abril, adaptación y dirección de Massiel Dueñas en clave musical y para jóvenes actores, en el escenario del teatro La Proa. Este cuento también se ha escenificado en términos dramáticos por alumnos de teatro desde los tiempos de Corina Mestre.  La versión que se presenta en Miami es una adaptación libre del director a partir de mis textos, con la inclusión por su parte de nuevos pasajes y personajes que dan oportunidad a actuaciones de Susana Pérez, Alberto Pujol y Yerlín Pérez, estos grandes y queridos actores cubanos. No he tenido oportunidad de conocer la obra, pero sé que ha tenido buena acogida y está en cartelera desde diciembre pasado.

La historia de Fresa y chocolate se ha llevado a escena como teatralización del cuento original, como versión del guion de la película, y sobre todo como montaje de la pieza escrita por mí en 1994 bajo el título de Querido Diego, el cual casi siempre se pierde o pasa a segundo plano en aras de la promoción y la conexión con la película. Es una obra con tres personajes (Diego, David y Miguel), no una teatralización del cuento o adaptación del guion, sino una reescritura de la historia y los personajes en términos teatrales. Además del argumento conocido, contiene pasajes y textos propios o  que aparecen en el cuento pero no en la película —como el relato de Diego de cómo se hizo maricón o su clasificación de las locas, y la representación de Casa de muñecas por David— y  que he podido ir revisando y actualizando ya que el teatro lo permite. Esta es la versión más representada, a pesar de que no me opongo a las adaptaciones de terceros.

 

Mis textos literarios, en principio, son poco teatrales, muy apegados a lo narrativo, con carácter bastante introspectivo o evocador. Sin embargo, algo dramático hay en ellos porque han pasado al teatro por impulso propio, convirtiéndome en un dramaturgo involuntario. No sólo se trata de Fresa y chocolate, hay versiones teatrales de pasajes de Un rey en el jardín, así como de varios de mis cuentos de distintas épocas. Recuerdo con mucho agrado el espectáculo Tu parte de culpa, dirigido por Elio Martín, que representó por mucho tiempo Teatro Escambray en los 80 y 90, con la participación entre otros actores de Fernando Echevarría y Jorge Luis López. Nunca hubiera pensado Los novios como texto teatral, pero Masiel y Corina sí y crearon un espectáculo con mucho encanto que se ha montado en repetidas ocasiones.

La historia de Fresa y chocolate se representa desde 1992, antes de la película. Entonces también coincidieron tres puestas en cartelera: La catedral del helado, adaptación y dirección de Sarah María Cruz; Para comerte mejor, de Tony Díaz, adaptación de Isidoro Núñez; y El lobo, el bosque y el hombre nuevo, adaptación y dirección de Rafael González. A partir de ahí se ha representado constantemente, como helados que no se derriten jamás.  Tony Díaz realizó además una versión musical, estrenada en 2013. Hasta la fecha, que yo conozca, pues no he llevado el récord con rigor, hay un total de 30 montajes en 16 países –12  latinoamericanos y 4 europeos–, y además de español, en inglés, portugués, italiano y alemán. Y claro, proyectos que no llegaron a término. Los países donde se ha presentado son muchos más. Creo que no ha habido un año sin alguna representación de Fresa y chocolate en alguna parte, lo cual también pudiera ser un récord. El texto fue publicado en dos famosas revistas: Tramoya (1995), de México, que dirigía el maestro Emilio Carballido; y De Assaig Teatre (2000), de Barcelona, dirigida por Ricard Salvat. Tuve el privilegio de contar con un montaje de Teatro El Público, dirigido por Carlos Díaz, con actuaciones de Vladimir Cruz y Fernando Echavarría. El teatro es, quizás, el espacio donde la historia ha encontrado su mejor acomodo, le ha permitido continuar viva y en movimiento. Es lo extraordinario del género: no muere en la proyección o la edición. En general se ha tratado de puestas modestas, en ocasiones de grupos marginales, pero exitosas, premiadas  y bien acogidas por la crítica, y han permanecido en repertorio por largo tiempo. Tony Arroyo considera que ha superado las mil presentaciones en su largo período en Suramérica,  Jorge Luis López recibió un reconocimiento por 500 funciones, Sarah María habla de presentación en 14 países. Recuerdo con particular afecto la versión argentina, de Leonardo Gravilof, que tuve oportunidad de ver en 2014 en Buenos Aires. El primer montaje de este director lo realizó en 2009, y el último en 2023, cuando terminó interpretando al Diego. Joel Angelino es otro estupendo e incansable intérprete  y promotor de la obra. Ahora hay dos proyectos futuros en estudio, más un musical. Me han invitado a que incorpore los personajes femeninos a la versión. La idea ha comenzado a atraerme, creo que las chicas le harán bien al espectáculo. Como es natural, esta trayectoria está potenciada por el éxito de la película y el libro, que a su vez se ha editado en más de 20 países y 12 idiomas, pero es fruto de sí misma, de los teatristas. Este baño de autobombo no me es propio, me ha estimulado la necesidad de rendir reconocimiento y agradecer a tantos artistas que lo han hecho posible., lo cual no había hecho público hasta ahora Al hacer el balance, me asombra el trabajo que han realizado y el amor que puesto en él. Gracias a todos desde esta esquina de Padura.

 

Fresa y chocolate otra versión, estrenada en el Trail, el más importante espacio teatral para la cultura latina en Miami, bajo la dirección del cubano Yusnel Suárez.

(MB): Has incursionado sobre todo en la literatura y el cine ¿Qué lugar ocupa el teatro en tu creación?

(SP): El de la frustración, el del sueño. Quizás amo el teatro en primer lugar. Una sala de teatro es el sitio del mundo donde mejor me siento, como si hubiera nacido en una platea. Como un católico en una catedral, un musulmán en una mezquita, Alicia al cruzar el espejo. Los actores y el director teatral son para mí los artistas más maravillosos, la nómina de actrices y actores cubanos que amo es inmensa. Los teatristas cubanos merecen gran admiración y reporte enorme, son los creadores que trabajan con mayores dificultades y que nunca se dejan vencer ni pierden el entusiasmo y la alegría.

Nunca he logrado descifrar y apropiarme por completo de los secretos y códigos del género, sobre todo en lo que se refiere al manejo del espacio y el tiempo,  y por tanto no he logrado aún expresarme con solvencia en este lenguaje. Teatro y cine parecen estar cercanos porque ambos son géneros dramáticos, pero es una cercanía engañosa. Para mí el cine –el tipo de cine que a mí me interesa escribir– es una experiencia narrativa a la vez que dramatúrgica, que en alguna medida mitiga la frustración por no escribir teatro directamente.

(MB): ¿Cómo te sientes de que después de más de treinta años de escrita Fresa y Chocolate continúe estando vigente en el imaginario de los públicos?

(SP): Es interesante que los temas tratados en esta obra sigan teniendo vigencia e interés, tanto en Cuba como en el extranjero. A la vez, es lamentable. Significa que son problemas que siguen presentes, a veces de modo dramático. La problemática de las diferencias y la diversidad, la tolerancia al pensamiento y la mirada del otro, sigue siendo un dilema. Las intolerancias en el campo del pensamiento y los sentimientos continúan enfrentando atrincheramientos, dogmas y fobias que incluso derivan en odios. Es uno de los problemas principales del mundo: aprender a convivir como diferentes, con proyectos diversos, a veces contrarios, que deben marchar en paralelo o en contacto. Ser tolerante no es ser permisivo, acrítico o indiferente, hacerte de la vista gorda frente a lo que no te gusta o no compartes, necesariamente no excluye la crítica;  es admitir la existencia y validez de otros modos de ver y experimentar la realidad y aceptar la relatividad de nuestros puntos de vista.

(MB): Entre el teatro y el cine ¿Qué prefieres?

(SP): Para ir, el teatro. Para trabajar, el cine. Como aspiración, el teatro. Todo con la compañía permanente de la literatura, el taca taca del teclado. Tanto en un espacio como el otro mi participación es desde  la escritura.

David (Vladimir Cruz) y Diego (Jorge Perugorría). Fotograma del filme Fresa y chocolate (1993), dirigido por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.

(MB): Sabemos que también has preparado una antología de cuentos titulada Reunión de amigos junto a Arturo Arango. ¿Qué nos puedes decir de ella?

(SP): Hemos trabajado muy a gusto Arturo y yo en este proyecto. La idea central fue revisar y destacar un momento particular de nuestra cuentística, aquella que nos implicó a nosotros mismos, a los autores nacidos entre 1950 y 1955. Hablamos de señores y señoras entre 70 y 75 años, tú incluida.  Nos guió la amistad y la nostalgia, pero nos llevó a tomar consciencia de un momento muy bueno de nuestra cuentística, superior a lo que pensábamos. Salvo en relación con dos o tres autores que parecen ser los únicos que interesan, la promoción del escritor cubano y sus obras es débil en nuestro país, en particular para las generaciones a partir de la nuestra. Las antologías valen para promover, revivir y fortalecer el hábito de lectura, en particular en un género como el cuento, que siempre ha gustado mucho a los cubanos. También funcionan para destacar un patrimonio cultural de la nación, para la definición de la identidad nacional a través de la prosa. Motivado por esta experiencia he leído últimamente bastantes antologías del cuento cubano, sin que aún las haya estudiado debidamente como me propongo. Puedo adelantar que una colección como “Antología del cuento en Cuba, 1902-1952”, de Salvador Bueno, es una obra que por su importancia se acerca, a mi juicio, a la Lo cubano en la poesía, ese  libro extraordinario y esencial de Cintio Vitier. Sobre este último tenemos claro que no es una antología sino una “epifanía de la cubanidad esencial”, como se ha dicho. Esa “cubanidad esencial” también se registra en el cuento, la propia antología del profesor Bueno es mucho más significativa que una simple colección de relatos, en ella está la nación como lo está en la poesía, solo que ha recibido menos atención. Modestia va y modestia viene, los del grupo Orígenes también tuvieron el acierto de promover su trabajo. Son muchas las antologías publicadas en el país, incluso demasiadas, algunas esenciales. Cabe destacar también como fundamentales “Cuento cubano del siglo XX”, de Jorge Fornet y Carlos Espinosa Domínguez, del 2002, publicada por el Fondo de Cultura Económica, de México, y “La ínsula fabulante”, de Alberto Garrandés, editada por Letras Cubanas en 2008 , que de algún modo es continuidad de la de Bueno.  Es un tema muy amplio y muy específico que no podemos agotar aquí.

(MB): ¿Cómo valoras que se te haya entregado el Premio Nacional de Cine y no el de Literatura?

(SP): No es un asunto en el que reflexiono. Puesto a pensar, creo que solo en dos ocasiones he deseado un premio: el David, como autor inédito, porque uno consideraba que significaba el nacimiento literario y porque entonces yo andaba muy extraviado y el premio era como una salvación; y el Rulfo, que era un reto para mi generación, y que hemos tenido la suerte de que a continuación muchos lo ganaron. Quizás también el de guión inédito en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, como miembro de un equipo: significaba que la película se pudiera hacer por la aportación económica para la realización del filme.

(MB): Has escrito novelas y cuentos ¿Cuál de los dos géneros prefieres?

(SP): Intermitente: a veces unos, a veces la otra. Son formas de la narración y la escritura, que al final es lo que me gusta, con unas reglas u otras.

(MB): Eres un excelente guionista ¿Crees que eso ha ido en detrimento de tu literatura o la complementa?

(SP): Ser guionista, cineasta, ha enriquecido mi capacidad para narrar. Lo que tienen en común ambos lenguajes es justo la oportunidad de narrar, crear personajes e historias, escribir diálogos, y esto es lo que me interesa como creador, ya mediante la palabra o la representación como decía Sacha que decía Aristóteles. Sin el cine, tal vez no hubiera incursionado en el diálogo con la misma frecuencia.

(MB): ¿Qué hace ahora Senel Paz?

(SP): Responder preguntas. Espero una reedición de El niño aquel por Letras Cubanas, que nunca se ha reeditado desde su aparición en 1980 y que amplío ahora con otros textos de la época, tres de ellos inéditos. Más otros proyectos.

(MB): ¿Cómo te autodefinirías?

(SP): No me meto en eso, prefiero ponerme a valorar porqué me han entregado el Premio Nacional de Cine y no el de Literatura. Debo cargar conmigo en cualquier circunstancia, y te confieso que no me resulta una tarea desagradable, no me doy demasiada guerra a mí mismo. O podría definirme como un jubilado, que es una categoría especial con sus retos,  encantos, dificultades y oportunidades. Las únicas personas realmente “injubilables” que he conocido son Graziella Pogolotti,  Leabia Vent Domois y Alicia Alonso.

Para cerrar la entrevista, celebro que estemos hablando tú y yo, que fuimos compañeros del Premio David junto a la inolvidable Daína Chaviano, apadrinados entre otros por  Basilia Papastamatíu, esa poeta e incansable promotora de los autores jóvenes. (2026)

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