Visiones de la pandemia en suelo cubano (8)

El testimonio de un médico. Su sentir más allá de la medicina

Benito Abeledo Fernández es especialista en Medicina General Integral y en Toxicología, y máster en Abordaje integral de las adicciones.

Año y medio después de registrarse los primeros contagios de SARS-Cov2 en el archipiélago, los cubanos enfrentan un sostenido rebrote de casos propiciado por las diversas cepas del virus que recorre el mundo desde fines de 2019. Con muy pocas opciones de aislamiento total, la gran mayoría debe seguir saliendo a la calle a diario para resolver sus necesidades más elementales con el consiguiente peligro de infección ante el más mínimo descuido en una cola, en un transporte, en un mercado, o en cualquier otro sitio.

Pero el prolongado encierro entraña también otros peligros para la salud. Vivir en un permanente estado de sitio es en extremo asfixiante, dañino, perturbador. Para saber su parecer al respecto, nos acercamos a un grupo de profesionales de la literatura, las artes, el periodismo, la comunicación, las ciencias, y les preguntamos cómo han lidiado con el tiempo, cómo han transcurrido sus días, qué reflexión quieren compartir sobre esta realidad y cómo imaginan el futuro post pandemia.

BENITO ABELEDO: ¿HASTA CUÁNDO NOS ALCANZARÁ LA SOBREVIDA?

Benito Abeledo Fernández (La Habana, 1969) es especialista en Medicina General Integral y en Toxicología, y máster en Abordaje integral de las adicciones. Trabaja en el departamento de salud mental de San Miguel del Padrón. Anotemos que es también un lector intenso y entusiasta con el que se puede hablar largo de cine y literatura. Aunque no ha estado en zona roja, como todo profesional de la salud en estos últimos dieciocho meses ha visto alterada su rutina trabajo-descanso, por tanto solo le pedimos que nos diera su testimonio personal de cómo ha sido este tiempo para él.

José Antonio Michelena: Doctor, ¿cómo ha vivido este tiempo pandémico en lo profesional, personal, y familiar?

Benito Abeledo: Te cuento: En la madrugada del 14 de marzo de 2020 sonó mi celular. Un gran amigo que reside en España desde finales del 2018 acababa de retornar a Cuba y me conminaba a visitarlo, si quería, en ese mismo momento. Acordamos vernos a la mañana siguiente, y cuando nos encontramos olvidamos las medidas del distanciamiento social que tanto escuchábamos en los medios de información masiva.

Por suerte él no estaba contagiado y durante los dos meses que estuvo aquí nos convertimos en “compañeros de lucha” ante la escasez galopante de productos que crecía de forma inusitada. Primó la solidaridad, la franqueza y la amistad para tratar en conjunto de abastecer las cada vez más menguadas despensas de nuestros respectivos hogares.

Benito Abeledo trabaja en el departamento de salud mental de San Miguel del Padrón.

Por esos días mucha gente dejó de trabajar, o comenzó a hacerlo de manera distinta, y ver la vida diferente. Después de varios ditirambos el curso escolar se pospuso y los estudiantes celebraron con júbilo las inesperadas vacaciones, solo que estas contemplaban mucha vida hogareña y poca diversión exterior.

Era el momento para que las familias, lejos de la prisa y la agitada vida de esta época, pudieran hablar, tomarse las cosas con más calma y mejorar la convivencia, aprovechar las horas con sus hijos, y ser padres a tiempo completo. Las teleclases trataron de suplir la escuela, el escaso desarrollo de la informatización y las redes sociales en Cuba no permitieron otras opciones.

Mi hijo, de forma no voluntaria, pero sí constante, vio todas las teleclases correspondientes al séptimo grado que cursa. Al final las evaluó de buenas y provechosas igual que su severa mamá. Desgraciadamente, intuyo, que esta no fue la tónica de la media estudiantil; muchos no han vuelto a ver un libro de texto ni en fotografías y el escaso interés que habitualmente mostraban por los estudios, ahora se ha magnificado.

La imposibilidad de socializar con amigos de su edad y con otras personas más allá del entorno familiar ha aumentado el consumo de tecnología y la presencia en redes sociales, lo cual tendrá un efecto sobre muchos jóvenes. En algunos pocos, positivamente; en la mayoría, todo lo contario.

A pesar de los temores y ansiedades de los primeros días, inicié con mi hijo menor un programa cinematográfico hogareño que titulamos Ciclo de filmes covid. Hemos visto y debatido más de treinta películas y documentales que había ido almacenando en discos externos.

El confinamiento propició que La sociedad de los poetas muertos, La vida es bella, o Forrest Gump, entre otros filmes inolvidables, formen parte ahora del arsenal de gratos recuerdos de ese infante que es mi hijo, como lo son desde hace mucho de su padre, que tuvo el privilegio de verlas nuevamente en su compañía.

Soy médico de profesión y nunca he estado confinado, no he estado en zonas rojas ni amarillas porque mi especialidad y mi escenario laboral han determinado que continúe en el mismo lugar, un centro donde se intenta mejorar la maltratada salud mental de los cubanos, agravada en tiempos de covid.

En particular me dedico a tratar pacientes adictos a sustancias psicotrópicas, tanto legales como no legales. Tengo amigos y colegas que han trabajado en la zona roja, directamente en la atención de personas graves, tratando de salvar sus vidas a riesgo de las propias. Son historias de hermosa humanidad y deseo que alguno las escriba, alejado de la fanfarria oficial.

El haber vivido gran parte de mi vida en un municipio periférico, en un barrio anónimo de nombre proletario, ha logrado que a pesar de mi voluntad, mis sentidos se acostumbrasen a que las calles estén casi siempre rotas, que las aceras muchas veces no existan y que la basura y los albañales formen parte inherente de un paisaje urbano alejado de los itinerarios turísticos habituales.

Por ello, haber agregado las colas en cada establecimiento donde se “vende algo” a este dantesco paisaje, me resultó una nota colorida más en mi arsenal de recuerdos e imágenes siniestras. Cuando el transporte público se suspendió, lo anteriormente relatado se convirtió en mi hábitat natural durante semanas. El mar, la contaminada bahía y los restos de la capital que una vez Carpentier llamara La Ciudad de las Columnas se volvieron un recuerdo grato de mi memoria.

Cuando volví a la ciudad, lo que quienes vivimos en zonas periféricas llamamos La Habana o El Vedado, sentí un dolor inmenso al comprobar que La Ciudad de las Columnas restantes ––porque ya ha perdido muchas–– había achicado su adjetivo carpenteriano, no por las columnas perdidas en esas semanas, sino porque se había convertido en la ciudad de las colas. Una ciudad de agresivos y sudorosos ciudadanos de a pie, donde hasta las tiendas que venden botellines de agua tienen colas.

Una noche soñé que de prolongarse el estado actual de cosas, un día volverían a crecernos colas como las de nuestros parientes cercanos, los homínidos, para lograr una desescalada en el desarrollo evolutivo nunca visto. Una pesadilla terrible.

Las redes sociales en general, y WhatsApp en particular, han sido un refugio personal. Me he reencontrado con antiguos compañeros de enseñanza secundaria y preuniversitaria, algunos en situación de confinamiento y con tiempo libre por primera vez en muchos años, y con otros, que a pesar de laborar arduamente para ganarse el pan o las condiciones materiales deseadas, se han mantenido activos.

Nos conocemos desde hace mucho. Los más perseverantes o resistentes, como quiera llamarse, compartimos seis años de adolescencia en una famosa escuela donde, “se forjaba el hombre nuevo”. Hemos descubierto que muchos son mejores seres humanos de cómo los recordábamos. Entonces reconocimos que a pesar de estar separados por miles de millas geográficas, o miles de diferencias ideológicas, podemos querernos y respetarnos. Encontramos que algunos que no lo fueron entonces, hoy pueden ser nuestros amigos, mientras que otros no lo serán nunca. Y, lo más importante, que puedes recordar, crecer como persona, compartir tus sueños, tus angustias y tus miedos.

Durante más de un año, mis compañeros de trabajo y yo, hemos esperado en vano el aluvión de pacientes con alteraciones psiquiátricas acordes con el excepcional estado de cosas que vive el mundo y en particular el país. Pero el alud no acaba de llegar y nos alegra a todos la resiliencia de los cubanos. ¿Acaso somos sobrevivientes? ¿Hasta cuándo nos alcanzará la sobrevida? No tengo explicación científica para ello.

En estos momentos en que la epidemia anda en remontada en Cuba y otros lares, si fuera un reguetonero haría una canción comparándola con el cuento de la buena pipa, pero no puedo. El dolor por los que han muerto y por los que seguramente van a morir en fecha próxima me lo impide, se atraviesa en mi garganta y es una pena tan grande que me asusta. (2021)

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