Zona de confort de Roberto González, explicada por él mismo
La inauguración en diciembre de una muestra personal del pintor cubano, en la Casa de México, amerita conversar con él y evaluar los treinta años de su carrera artística
Roberto González posa al lado de “Home, sweet home”, una de las piezas de su exposición Zona de confort
Foto: Cortesía del autor
Todo el mundo adora estar en su “zona de confort”. Pero ese espacio de seguridad, ese ámbito que conoces y dominas, puede ser también la trampa que atrapa el desarrollo personal dentro unos límites cerrados. Si es el caso de un pintor, aunque perpetuarse en una temática y estilo pueda satisfacer todavía las expectativas de público y mercado, ese no ir más allá y repetirse, acaba conduciendo al estancamiento y la muerte creativa.
¿Cómo es que entonces Roberto González celebra sus treinta años de carrera artística con una exposición titulada, precisamente, Zona de confort? Con esa pregunta en mente llegó este cronista hasta la Casa de México, en el Centro Histórico de La Habana Vieja, para la inauguración en el pasado diciembre. Llevaba frescos en la memoria los instantes de descubrimiento de la obra de este creador nacido en la capital cubana, en 1972.

Zona posmedieval
En el tránsito de entre siglos era común ver cuadros de González colocados dentro de muestras colectivas de una tendencia de moda en aquel entonces entre pintores del patio (Eduardo Abela, Ángel Ramírez, Rubén Alpízar, Arturo Montoto, Cosme Proenza, Douglas Pérez, Lorenzo Santos), a los cuales el crítico Jorge Bermúdez había denominado “posmedievales”. Desde la Academia se hablaba de “neohistoricismo” y de una suerte de “retorno del paradigma estético”.
En síntesis, se trataba de un juego de apropiaciones de artificios formales y de figuraciones emblemáticas de períodos anteriores de la historia del arte, con acentos que iban desde la solemnidad hasta la ironía o el choteo criollo.
Cada uno le aportaba su sello individual, pero estos artistas echaban mano lo mismo a la técnica del “sfumato” renacentista, al claroscuro y la teatralidad del barroco o el “horror vacui” bizantino, que al fondo vacío y la línea ascética de la tradición del dibujo japonés.
Y mediante una recontextualización de arcaicas estampas religiosas o escenas de costumbres con la inserción de personajes, vestuarios y objetos de la modernidad, creaban un discurso paradójico, que apuntaba a la continuidad histórica a la vez que al señalamiento de las particularidades del presente.

Con aviesas intenciones en la Zona de confort
En tales movidas “posmedievales” andaba todavía el pintor allá por 2004, cuando inauguró “Dime con quién andas” en el Museo del Ron; y la pieza que daba título a la exposición la escogí yo como portada de un número de El Caimán Barbudo, revista de la cual era editor.
Pero ya en 2013, el crítico Toni Piñera decía que había evolucionado hacia la emoción, los sueños y el surrealismo. Más recientes, de 2024, son las palabras de Alex Fleites: “Roberto González es un pensador profundo y un insuperable creador de metáforas”. ¿Y el propio creador qué dice, entonces, sobre esta contradicción?
González responde: “Claro, Zona de confort es un título irónico, que habla de las temáticas que vengo tratando más que de los años de mi carrera. Nunca me he sentido cómodo en el mismo lugar por mucho tiempo. En esta muestra terminé rompiendo casi todo el molde que me había formado, y digo casi porque me siento un eterno aprendiz y aun se pueden esperar más transformaciones en mi obra. No lo hago forzando nada, es una necesidad”.
Respecto a sus obras del pasado, encuentro que en esta Zona de confort siguen estando el objeto hiperbolizado y la iluminación y fondos dispuestos como un montaje teatral. Falta ahora, sin embargo, ese “ruido callejero”, el ambiente popular que la abundancia de figurillas humanas, con rasgos de Diego Velázquez o Landaluze, imprimía a sus antiguos cuadros.
La nueva exposición “susurra”, declara desde la ausencia, desde el silencio de la pérdida o de la partida, como en la pieza “Diálogo nocturno”, en que dos butacas añejas y rotas parecen dispuestas para conversar, pero no existen los sujetos interlocutores. O en “Se te escapa el carrusel”, donde el caballito huye de su condena a la monotonía y la actividad sin sentido.

Zonas de ahora y del ayer
Es obvio que el artista ha sufrido una mutación. Hoy, Roberto González aprovecha la retórica contenida en los propios elementos visuales que utiliza para disparar a la inteligencia, con dardos minimalistas. Ahí está “Hasta la última gota”, trazando un símbolo de las agonías del presente con la simple exhibición de la torre de la Plaza de la Revolución en el lugar del asta de un exprimidor de naranjas.
Pero volviendo a sus inicios, ¿cómo los cuenta González? “Estudié Diseño Gráfico, pero tenía inquietudes de pintor. En ausencia de una formación académica en Arte, mi única fuente de acercamiento fueron los libros de arte y yo copiaba imágenes de ahí y trataba de recontextualizarlas, por diversión, sin mucha conciencia de lo que hacía. Cuando tuve mi primera expo personal, se me acercó el profesor Bermúdez y me incluyó en ese proyecto que estaba armando sobre los posmedievales. De pronto, estaba metido en cuanta expo colectiva con ese tema, tanto dentro como fuera de Cuba”.
El artista no se declara a favor ni en contra de las etiquetas y señala que si “facilita el trabajo histórico o de clasificación, pues que lo aprovechen”. Sin embargo, aunque confiesa haber disfrutado aquella etapa, agrega que “he pasado por todas mis etapas con cierta inconformidad y eso es lo que me mantiene siempre en movimiento. Y sentí la necesidad de avanzar”.

¿En la zona surrealista?
En ese tránsito hacia otra etapa, ¿se convirtió González en surrealista como lo sugirió Piñera? “Hace poco me invitaron a una expo colectiva en Los Ángeles por el centenario de la creación del surrealismo. Yo participé gustosamente, pero te puedo asegurar que no hay nada al azar ni de revelación onírica en mis obras”.
Por el contrario, declara: “Soy un artista muy consciente, primero viene la idea, el concepto, y después la imagen con la que podría representar esa idea. Sin etiquetarme, creo que mi obra está más cerca del simbolismo”.
A él no le extraña esta confusión, según cree, dada “por el tratamiento de la imagen, la manera en que pongo a interactuar los elementos entre sí”. Hasta, incluso, porque él confiesa que el pintor más influyente en su obra es René Magritte, uno al que se ha invocado muchas veces como parte del movimiento surrealista.
Más, para el artista cubano, “Magritte no es surrealista. Hay demasiados códigos ocultos en sus cuadros, que estoy seguro los usó a conciencia”. ¿Será entonces alguna del genio belga su pintura favorita? No, González cuenta de una que había visto solo en libros hasta que fue a Berlín, y allí la encontró, en un museo, “casi al final del recorrido y estuve sentado mirándola más de una hora”.
Se trata de La isla de los muertos del suizo Arnold Böcklin (1827–1901). Le hago saber que era también la preferida de Hitler; y contesta: “No sabía eso, pero sí que le encantaba a Dalí, quien le hizo muchas versiones. No es extraño que sea la favorita de tanta gente porque parece una escenografía y es extraordinaria por el tema y la composición, la gama de colores, la luz”.

De la falta de confort y la vida misma
Después de esta evocación lúgubre, cabe regresar la conversación con el autor de la serie Historias cotidianas (2009) a los terrenos de la vida. Pocas veces se interroga a los pintores más allá de sus obras y acá vamos a intentarlo. De entrada, ¿cuáles son las condiciones ideales para liberar la inspiración y hacer sus trazos en el lienzo?
Precisa estar solo para concentrarse y, a cambio, tener la compañía de la música. “Con un abanico abierto, de manera aleatoria para que me sorprenda, y después de Pavaroti puedan entrar Gema y Pavel con una conga, saltar para Bobby McFerrin o aparecer Led Zeppelin, Pearl Jam, Silvio, Pablo… Excepto reguetón, reparto o bachata, esas tres cosas me sacan de mis cabales”, asegura González.
Antes no le faltaba espacio y tenía un estudio fuera de la casa; pero “la vida da muchas vueltas y una complicada situación familiar me obligó a darle otro uso a ese espacio”. Hoy, según las propias confesiones del pintor, ya no está, precisamente, en una zona de mucho confort.
“Soy divorciado y con tres hijos que decidieron vivir conmigo. Ahora pinto donde vivo, y por consiguiente, con ellos alrededor”, confiesa González. Y se ríe, pues aunque “no he podido adaptarme a eso, mis hijos son mi razón de ser y tengo muy claro que primero están ellos y después la pintura”.
Para fugarnos de los avatares de la cuestión familiar, le pido que cuente alguna anécdota simpática de su vida y en su memoria regresa a Magritte y viaja hasta un museo dedicado a este artista en Bruselas.
“Me puso eufórico observar en vivo esas obras que sólo conocía por los libros y me acercaba demasiado a los cuadros, haciendo saltar las alarmas silenciosas de seguridad. Terminaron poniéndome un custodio que me seguía a todas partes y me regañaba cuando sobrepasaba la distancia prudencial. A mí me parecía gracioso, pero me imagino que a él no…”
Final en la zona cubana
“Ese viaje a Europa cambió mi manera de ver el arte. Visité varios países, me metí en todos los museos que pude, y cuando regresé a La Habana, estuve un año sin poder pintar. Los grandes maestros me habían aplastado, me hicieron cuestionarme mi trabajo y me sentía muy diminuto”, dice el artista despojado de cualquier visión de confort posible.
¿Y en el arte de su isla natal hay obras y pintores que puedan sobrecogerle de esa manera? “Lo mismo me sucede con obras cubanas”, declara González. “El Gran apagón, de Pedro Pablo Oliva, pude verla en el Museo de Bellas Artes y luego en la casa-estudio del artista en Pinar del Río y me impresionó mucho”.
Mientras que Roberto Fabelo es su artista preferido entre los cubanos, porque “no solo es un grandísimo dibujante, sino que incursiona en las demás manifestaciones plásticas, no se está quieto. Siempre está buscando nuevas maneras de expresarse y siempre es capaz de sorprenderte”.
A pesar de ese impacto que el gran arte le provoca y los desgastes de la cotidianidad familiar y social, el artista no deja caer su autoestima. “He realizado muchas exposiciones personales y colectivas, dentro y fuera de Cuba. Mi obra se ha subastado en casas importantes como Sotheby’s y Christie’s. He conocido gente muy valiosa dentro del mundo del arte. No me puedo quejar”, dice.
Pero después de haber desandado en la pintura por treinta años, ¿cómo serán los nuevos rumbos de Roberto González? ¿Seguirá desafiando a su zona de confort? Esta es la respuesta: “No sabría decirte con certeza porque nunca he funcionado con estrategias trazadas, ni tenido una carrera organizada. Hasta ahora, voy desarrollando las propuestas que me han ido surgiendo por el camino. Soy intuitivo, así he ido avanzando, creo yo” (2026).
Su dirección email no será publicada. Los campos marcados * son obligatorios.
Normas para comentar:
- Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
- Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
- No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
- Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.