El cumpleaños – sin rubores – de la radio
Tradición y logros de la radio cubana en su noventa aniversario.
La radio cubana, aún cuando tenga todavía muchas vetas por pulir y muchos escombros que arrojar por la borda, puede esperar el centenario de su presencia entre nosotros con el más sano orgullo
Las celebraciones por los noventa años de la radio en Cuba, han despertado muchas memorias en sus trabajadores y oyentes. Algunos, muy ancianos, pueden remitirse a aquellas noches de 1922, cuando se colocaban, después de la comida, en torno al rústico radiorreceptor de galena, para escuchar la breve emisión que partía del hogar del compositor y director de bandas Luis Casas Romero. El camagüeyano, autor de El mambí y de Carmela, hacía llegar a los hogares el cañonazo de las nueve, un boletín del tiempo y no mucho más. Pero esa era ya una radio familiar, mucho más que aquella otra, oficial, que el Presidente Alfredo Zayas inauguró en el entonces nuevo edificio de la Cuban Telephone Company, con un discurso pronunciado en un inglés no demasiado bueno. Pocos recuerdan que entre quienes lo acompañaban estaba un curioso escritor y periodista de origen español, José Sánchez Arcilla, quien se haría conocido por los melómanos por ser autor, junto al teatrista Agustín Rodríguez, del libreto de la zarzuela Cecilia Valdés de Gonzalo Roig, pero mucho más famoso entre los radioyentes unos años después gracias a un interminable “culebrón” llamado El collar de lágrimas.
Como todavía no voy más allá de medio siglo y algo más de existencia, soy incapaz de evocar el desfile de estrellas musicales que ofrecía Amado Trinidad en la legendaria RHC Cadena Azul, ni los campanazos de José Antonio Alonso en la Corte Suprema del Arte, ni siquiera los espacios estelares que alguna vez tuvieron –había para todos los gustos- Benny Moré, Alba Marina o Blanca Rosa Gil y las célebres bromas, a veces multadas “por ofender al respetable público”, de Radio Cadena Suaritos son apenas recordadas por mi madre, porque ya hoy quedan tan lejos como la guerra entre los partes meteorológicos, protagonizada por el Padre Rodríguez Lanza, jesuita y director del Observatorio de Belén y José Carlos Millás, Capitán de corbeta, del Observatorio Nacional.
Sin embargo, algo más cerca en el tiempo, cuando ya la televisión le hacía una competencia feroz, la radio conservaba la corona de la popularidad. Era difícil a inicios de los años 1960 encontrar un hogar en Cuba donde no hubiera un radiorreceptor. Conocí ancianos que en un rincón de la sala conservaban intactos equipos de edad respetable que parecían catedrales de madera con una bocina entelada y botones semejantes a las llaves de las hornillas de gas. Otros ponderaban las virtudes de aquellos Philco de válvulas, ya capaces de captar la onda corta y no faltaba quien, por residir en el campo o por previsión para tiempos de ciclón tenía aquellos equipos de dinamo, cuya palanca giratoria era una tentación invencible para los niños.
Quien naciera, como yo, a fines de los años 1950, lo hacía rodeado de la voz radial. Cuando faltaba mucho para llegar al mundo del libro, cuando la televisión era cosa de vecinos afortunados, o apenas te permitían colocarte ante ella una hora al día “porque dice el médico que eso hace daño, pues emite radiaciones y te puede dejar ciego”, quisieras o no, las voces en el éter marcaban cada instante de la cotidianidad. Era hora de levantarse porque ya había comenzado el programa infantil y el almuerzo tenía que estar listo a los doce, justo cuando comenzaba el programa con la Orquesta Aragón. Había edificios en los que no era posible dormir la siesta porque cierta señora escuchaba “La novela de las 2” a un volumen tal que todos podían seguir las desventuras de la protagonista y asustarse con los disparos que intentaron segar su vida. En la noche, la programación de Radio Progreso competía con la cartelera recreativa de La Habana y si algún trabajador tenía que levantarse de madrugada lo hacía saludado por las armónicas voces del Dúo Los Compadres.
Durante décadas, muchísimos intelectuales han criticado la vulgaridad y la cursilería de ciertos espacios radiales, la mediocridad de sus novelas, el pobrísimo lenguaje de algunos conductores, la pobre selección de materiales. No niego todos esos defectos, que en último caso comparte con la televisión y hasta con cierta prensa plana, pero en un balance serio de la radio en Cuba, los aciertos han estado más allá de los errores.
Aunque pocos puedan creerme, la primera vez que supe de la tragedia Edipo Rey de Sófocles fue en una versión radial. Yo era un estudiante de nivel secundario y a pesar de la terrible monotonía de aquel coro que recitaba sus parlamentos al unísono, como una congregación religiosa ligeramente aburrida, pude captar algo de la grandeza de aquel clásico. Cuando me iba en la mañana a clases, me acompañaban por la calle los corridos y rancheras de Ecos de México y, cuando regresaba, lo hacía rodeado por unos Grandes maestros de la música, donde cabían los valses de Strauss, el “Aria de la locura” de Lucía de Lammermoor de Donizetti cantada por Roberta Peters y hasta los melosos conciertos para piano y orquesta de Rachmaninov. Todavía hoy los aficionados a la música de la “década prodigiosa” la asocian con el programa Nocturno que tanto rating tuvo en sus tiempos, aunque los fanáticos del rock preferían escuchar Now, que bajo la capa de hacer crítica social sobre Norteamérica, se ambientaba con la más actual música del género, sin que fuera necesario recurrir a la tan condenada “actitud diversionista” de sintonizar en estricto secreto en la onda corta la emisora WQAM.
Si hoy puedo asegurar que disfruto de la mejor tradición de la música cubana, esa que incluye a la Orquesta Aragón y a Arcaño y sus Maravillas, a Elena Burke y a Gina León, a Merceditas Valdés y a Benny Moré, si me alegro con los danzones de Antonio María Romeu y con las composiciones de Isolina Carrillo y de Orlando de la Rosa, lo debo, al menos en los inicios de mi aprendizaje, más a la radio que a la televisión o al teatro o al cabaret. Si la música de conciertos es una presencia imprescindible en cada día de mi existencia eso está estrechamente relacionado con la emisora CMBF que mi padre mantenía fija en el dial de su radio, junto a la cabecera de la cama. Gracias a ello se me hicieron cercanas las explicaciones del musicólogo Antonio Quevedo en aquel programa La música que no suele escucharse en los conciertos, para mí tan interesante como el apostolado que durante años realizara Sergio Fernández Barroso a favor de la música contemporánea o los ciclos que han llegado hasta hoy del Festival CMBF. Para suplir lo que allí hemos aprendido algunos durante años hubiera hecho falta más de un conservatorio.
Por estas razones, si escribir para la prensa diaria fue un buen aprendizaje que hace años dejé por fatigoso, si las indiscretas cámaras de televisión me molestan, aunque un poco menos que el mal gusto de algunos directores, sigo disfrutando con trabajar una pequeña parte de mi tiempo en la radio. Entre mis memorias agradables están los mediodías en que cruzaba la colonial Plaza de la Merced, para remontar una escalera fatigosa que me conduciría hasta la sede de Radio Camagüey y grabar mi sección semanal De las artes y las letras. Una vez establecido en La Habana, es la legendaria Plaza de San Francisco la que atravieso para llegar hasta la Lonja, donde me espera una mínima cabina de Habana Radio en la que puedo disertar sobre el ballet, la pintura, el bolero o los versos de Lezama, mientras contemplo de reojo al Cristo de Casablanca y a los cruceros que atracan en el muelle de San Francisco. En ello hay un placer tan especial como dar a la luz otra página de novela.
Estoy convencido de que la radio cubana, aún cuando tenga todavía muchas vetas por pulir y muchos escombros que arrojar por la borda, puede esperar el centenario de su presencia entre nosotros con el más sano orgullo. Su tradición y sus logros así lo ameritan.
Un comentario
César
Así es. Esa radio cubana marcó la vida de unos cuantos en el Caribe. Aquí en Puerto Rico muchísimas personas se acuerdan con cariño y nostalgia de esa radio que aquí entraba fácilmente sobre todo en la parte oeste de la Isla. Estoy seguro que en República Dominicana ocurre otro tanto.
Todavía aquí se escucha, en una emisora de Ponce, La Tremenda Corte. Y un dato interesante: tuve un estudiante palestino que no se perdía el programa y se lo recomendaba a otros.
Saludos