La victoria inconclusa de la discriminación racial en Cuba

Abordar el tema de la discriminación racial exige de un análisis político y científico que trascienda las apreciaciones personales.

En el actual contexto de nuevos desafíos urge asumir el tratamiento a la racialidad con mayor profundidad.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

El presente texto tiene la intención de contribuir a colocar en el debate público un tema que ha quedado a la zaga en la sociedad cubana: la existencia de la discriminación racial. Si bien es cierto queeste asunto tuvo avances notables al triunfo revolucionario, con el paso del  tiempo no ha ocupado el lugar requerido respecto al resto de las discriminaciones, cuya atención ha ido encontrando algún tipo de respaldo en instituciones de referencia. Como consecuencia de ese vacío, el tema ha quedado a la deriva y no ha podido tener la orientación ideológica que le correspondería.  En los estudios realizados he denominado esta situación como el síndrome de la negación del racismo, un conflicto que involucra también al resto de América Latina y el Caribe de la Hispanidad.

Se trata de la posibilidad de promover, con intencionalidad específica, el análisis que el tema demanda desde la Revolución cubana misma, para que las desigualdades raciales reciban la atención que merecen, con una mirada de aquí y ahora. En el actual contexto de nuevos desafíos, urge asumir el tratamiento a la racialidad con mayor profundidad, con el objetivo de fortalecer un programa político que contribuya a la eliminación de la discriminación racial en Cuba. Desde una mirada personal, no albergo la menor duda de que la Revolución cubana ha sido el acontecimiento humanista de mayor impacto político en el siglo XX, no solo para la isla, sino para la región; incluso su repercusión trascendió escenarios sociales, políticos y militares inimaginables antes de 1959. Una propuesta que despertó solidaridad de movimientos sociales y de la intelectualidad mundial.

Para Estados Unidos, la pérdida del control de la isla en 1959 fue lo que para España significó el fin del colonialismo español, en el siglo XIX, sintetizado en la famosa frase: “más se perdió en Cuba…”  Para el sentimiento de dominación global imperialista, patrocinado por las tendencias más conservadoras de Estados Unidos, resultó inaceptable un proyecto emancipatorio de tal magnitud en plena mitad del siglo XX. A lo cual se añadió el enfado de un grupo de exiliados cubanos que se establecieron en la península de la Florida, herederos del más genuino anexionismo, quienes partieron de la isla con rabia y dolor, confiados en que la administración estadounidense no permitiría un proyecto independista radicado a solo 90 millas de su territorio.

Para ese grupo primigenio, el abandono del país sería cuestión solo de breve tiempo y aspiraba a regresar, recuperar sus riquezas y también su racismo antinegro, gestado desde siglos atrás, siguiendo la máxima del eminente verbo de José Antonio Saco, precursor notable de un racismo que aún empaña el imaginario social cubano. Aunque Saco se opuso a la anexión a Estados Unidos –ese fue gran mérito–, paralelamente reclamaba la desaparición de las personas de origen africano del territorio cubano.

Después de más de cinco décadas de rabia, el sector cubano más recalcitrante de la sociedad miamense recibió por primera vez, dentro de su propia comunidad, el apoyo de un presidente, Donald Trump. Para este, nombrado coloquialmente el cuarenta y cinco, “Forth Five”, los argumentos expuestos por ese grupo de cubanos representaron una oportunidad ideal para demeritar y desechar la política hacia Cuba, establecida por su antecesor, Barack Obama, un afrodescendiente de alta jerarquía académica y cultural, quien consideró que las hostilidades clásicas hacia Cuba ya no tenían sentido social y habían influido negativamente en el consenso mundial hacia Estados Unidos.

La indispensable unidad nacional necesita de la inclusión como elemento fundamental del paradigma de país.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Habría que recalcar que el tema Cuba no ha formado parte de las prioridades estadounidenses en materia de política internacional, aunque ello no quiera decir que sea un asunto indiferente. En este sentido, sería pertinente explorar el racismo antinegro de ese sector del enclave de Miami, que se siente con nuevos bríos, por el respaldo recibido del presidente Trump. Este aprovechó ese descontento para colocar el tema cubano en su programa de gobierno, caracterizado por la persistencia de una intolerancia política que encuentra en el racismo un ámbito común de alianzas y agresiones.

Desde una perspectiva histórica, el conflicto Cuba-Estados Unidos tiene larga data; no comenzó en 1959, sino que formó parte del legado “americanista” de dominación y control hacia todo el continente y particularmente hacia Cuba.  Un ejemplo de ese sentido mítico de superioridad se expresa en el habla popular de ese país, cuando se usa la palabra “América”  como sinónimo de Estados Unidos. Es precisamente en esa historia y en las causas obsoletas e injustas del bloqueo hacia Cuba en las que también  habría que ahondar. Desde esta perspectiva se incluye el concepto actual de colonialidad, una visión cuyos enfoques contemporáneos permiten analizar la historia de agresiones sistemáticas que tienen su eje central en impedir la búsqueda emancipatoria de aquellos pueblos que intentan construir zonas de independencia y soberanía para romper la visión según la cual se trata de naciones que no saben gobernarse solas.

El debate que propongo trata de poner sobre la mesa la falta de consenso en Cuba de parte de algunos sectores para analizar la importancia ideológica del racismo antinegro y la discriminación racial como un conflicto que no debe quedar separado o invisibilizado del proyecto revolucionario de justicia social. Se trata de un racismo que no es precisamente heredero de la segregación racial de Estados Unidos, como en ocasiones ha sido presentado, sino que tiene su génesis en la historia colonial cubana y en el sistema de  esclavitud imperante durante varios siglos en la isla, como manifestaciones que formaron parte del legado de exclusión predominante en la península ibérica, promovido por los colonizadores a su arribo a estos territorios a partir del llamado descubrimiento.

Desde esta perspectiva, es indispensable realizar un acercamiento al estudio del racismo como fenómeno global vigente en las sociedades planetarias, para lo cual se imponen algunas consideraciones epistémicas, es decir, colocar varios conceptos desarrollados a finales del siglo XX, pero sobre todo de ideas difundidas desde las Ciencias Sociales a partir de 2000. Se trata de una mirada construida por académicos latinoamericanos, quienes ofrecen un conjunto de definiciones que trascienden la visión colonialista y nuevas categorías conceptuales que posibilitan un mejor entendimiento del conflicto del racismo y la discriminación racial. Me refiero al grupo conocido como Modernidad/Colonialidad.

Resulta imprescindible plantear que el racismo tiene su génesis en la formación social del capitalismo y el colonialismo, en un proceso que va consolidando su hegemonía desde finales del siglo XVI, como parte de lo que el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein califica como la formación del sistema mundo con una matriz de dominación, donde también es posible encontrar los orígenes del imperialismo. Aunque su nombre es más reciente, el racismo se fue gestando, como modelo social e ideológico, desde diversas variables promovidas por las empresas coloniales. Particular importancia tuvo la trata africana, considerada actualmente la mayor violación a los derechos humanos cometida en la historia, con el propósito de transformar grandes grupos de la población de origen africano en mano de obra esclavizada, generalmente con uso de la fuerza.

Es importante establecer a priori una diferencia entre el racismo practicado en Estados Unidos y el presente en Latinoamérica y el Caribe de la Hispanidad, porque el racismo asume y refleja la cultura de las matrices de dominación de las metrópolis coloniales. Por ello hay diferencias sustanciales entre la colonización británica y la española, sin que esto quiera decir que alguna de ellas fue benévola con quienes estaban esclavizados. En relación con Estados Unidos, las aproximaciones están en los diversos métodos de resistencia utilizados por personas y comunidades de origen africano para alcanzar su emancipación.

Gisela Arandia recibió en enero pasado un reconocimiento por su estudio teórico sobre la discriminación racial en Cuba, un problema sensible que alcanza, por primera vez, un escaño en las premiaciones científicas anuales de la Universidad de La Habana (UH).

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Se trata de un fenómeno social que promueve la exclusión a partir de estereotipos identitarios vigentes en toda la región y presentes también en Cuba, donde los extraordinarios logros sociales por la equidad no han podido aún desembarazarse de ellos. Soy de la opinión de que desmontar el andamiaje ideológico del racismo no es algo que se produzca de manera espontánea, sino que exige de un proceso colectivo y complejo, no exento de  tensiones, pero donde finalmente se creen las condiciones para garantizar la justicia social y consolidar la nación como expresión de una cubanidad compartida.

Si bien la propuesta revolucionaria de “iguales oportunidades” representó un avance notable, al inicio de la revolución ese enfoque no podía romper la barrera histórica de sectores afrodescendientes procedentes de estamentos sociales generacionalmente cercanos todavía al sistema esclavista. La incorporación masiva de personas de origen africano al programa de independentismo, como sucedió durante las tres guerras, logró consolidar la primera fase libertaria frente al colonialismo español, pero para los descendientes de africanos las posibilidades de participación real, por su contribución, fueron limitadas.

Quizás un ejemplo compresible de cómo se expresa la discriminación racial actualmente lo podemos observar en los temas educacionales; si bien en la enseñanza primaria prevalece –en término generales– una mayor equidad, cuando se trata del acceso a la educación superior cambian los contextos. En los primeros años posteriores a 1959, tuvo lugar un ingreso masivo de personas afrodescendientes a la enseñanza, lo queles posibilitó el acceso a diversas carreras profesionales, pero esa intencionalidad de los inicios comenzó a disminuir posteriormente. Hoy día las universidades cubanas exponen índices de graduación de una mayoría de personas procedentes de clases sociales e identidades de las que el censo cubano llama “blancas”. En su mayoría, se trata de personas jóvenes, estudiantes de cursos regulares, procedentes de familias profesionales y ubicadas en estamentos con mejores condiciones de vida, incluidos la vivienda, los salarios y otros recursos tecnológicos no accesibles a todas las familias cubanas de bajos ingresos, entre las cuales predominan sectores de afrodescendientes.

Las investigaciones personales realizadas a partir de 1990 mostraron la presencia de conceptos racistas muy arraigados en los imaginarios sociales cubanos. A partir de ese resultado, fueron incorporados otros segmentos sociales en los estudios de terreno, con el objetivo de estructurar una búsqueda más profunda de los comportamientos raciales cotidianos. Un ejemplo de cómo se comportan esas subjetividades se encuentra en la socialización cotidiana de chistes que expresan una relación directa con la discriminación racial, un fenómeno calificado generalmente como un comportamiento inofensivo.

La continuidad en la investigación fue aportando algunas evidencias, entre ellas la falta de comprensión de la sociedad cubana respecto a que la discriminación racial es un fenómeno complejo para las sociedades contemporáneas y en particular para las Ciencias Sociales. Aunque aún insuficiente, la apertura hacia el tema es reciente y va surgiendo una producción de conocimiento que augura un camino más expedito para los estudios futuros. Muchas de esas evidencias científicas han sido expresadas desde diferentes disciplinas, por una gama extensa de autores, entre quienes convergen las ramas de la sociología, la literatura, la economía, los medios de comunicación, la historia, la filosofía, la psicología y otras. Como resultado,  esas indagaciones ofrecen datos que permiten afirmar que la discriminación racial en Cuba representa un desafío aun dentro de los grandes avances obtenidos, porque las desigualdades que aún persisten tienen una sobre representación en segmentos de personas de origen africano.

Considero que la revolución cubana no necesita ocultar, rechazar, ni sentir vergüenza por la permanencia de un conflicto que, en primer lugar, tiene un carácter global. Además, los avances obtenidos dan fe de una búsqueda por la equidad, lo cual permite mostrar la esencia humanista del proyecto que comenzó en 1959. Sin embargo, negar que la pobreza en Cuba tenga un fenotipo que se identifique con el color de la piel crea un efecto negativo, en la medida en que pone en tela de juicio otros logros obtenidos, como el tema de la mujer, donde las cubanas constituyen más del 66 por ciento de los profesionales del país.

En el caso de la homofobia y la transfobia, se trata de problemas que han podido alcanzar una visibilidad inicial en el orden institucional, mediante la labor del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), incluso han contado con pronunciamiento parlamentario y acuerdos en determinados niveles de la enseñanza para introducir el tema, además de las jornadas públicas que cada año tienen lugar en todo el país, lo que ha contribuido de manera incipiente a colocar el asunto en el discurso público de la sociedad cubana.  Otra propuesta que ha obtenido significativos progresos  ha sido la lucha contra la violencia de género. Ambas han logrado espacios de comunicación, oportunidad que todavía no ha tenido la discriminación racial.

Otra de laspropuestas que ha podido encontrar espacios de visibilidad es la de las llamadas discapacidades –prefiero decir otras capacidades—, que incluso han obtenido éxito de reconocimiento internacional, como expresión de programas cubanos cuya búsqueda de inclusión social ha mostrado avances notables. El tema de la religiosidad, un asunto de gran complejidad también, ha ido adquiriendo espacios que muestran la diversidad cultural y expresan la presencia de un pensamiento cubano de mayor madurez política, complejidad histórica y social.

Es decir, que solo la discriminación racial no ha alcanzado la prioridad necesaria en la agenda nacional y ha quedado a la deriva, como si fuera un tema inexistente. Aquí surge entonces una pregunta obligada, que convoca a hurgar en las causas de esa realidad, pese a la evidencia de una voluntad política expuesta desde los inicios del proyecto.

En la sociedad cubana actual es evidente que la pobreza, como parte de las desigualdades específicas, tiene una representación identitaria, una situación que el modelo económico propuesto ha incrementado desde la variable del cuentapropismo. Este es un desafío que se ensancha, en la medida que familias y personas que no tienen origen africano visible alcanzan peldaños de éxito, se ubican en determinados grupos sociales, disponen de patrimonios y recursos heredados,además de que reciben apoyo de sus familias desde el exterior. Ha sido menor el número de personas de origen africano emigradas y que no disponen, generalmente,de los recursos que disfrutan sus compatriotas, lo que significa que mientras un sector avanza en sus proyectos de vida, otros quedan rezagados. Aunque la discriminación racial forme parte del conflicto global que amenaza con extenderse, ello no debe justificar una inercia ante el reto que representa la garantía de la justicia social para toda la población de la isla, sin excepción.

La situación cubana expresa una paradoja notable, porque justamente los avances alcanzados muestran la existencia de una institucionalidad dotada de posibilidades para revertir las desigualdades sociales y esa es la crítica a un tema que sigue pendiente. Este enfoque parte, justamente, de una falta de consenso para aceptar un conflicto planteado tempranamente por el líder histórico Fidel Castro, (1926 –2016)cuando sus ideas chocaron con una incomprensión social considerable, a pesar de que su propuesta representaba una concepción humanista acerca del papel de la emancipación para aquellos sectores que sufrieron lasconsecuencias de la esclavitud africana.

El 23 de marzo de 1959, ante la plazoleta del antiguo palacio presidencial, Fidel Castro realizó un llamamiento a combatir la discriminación racial, consciente de la significación ideológica que el tema tenía. La reacción de rechazo creada por su propuesta hizo que, tres días después, el 25 de marzo de 1959, el líder de la revolución ofreciera una comparecencia televisiva por el canal 12, para precisar sus ideas:

El problema de la discriminación racial es, desgraciadamente, uno de los problemas más complejos y más difíciles de los que la Revolución tiene que abordar. […] Quizás el más difícil de todos los problemas que tenemos delante, quizás la más difícil de todas las injusticias de las que han existido en nuestro medio ambiente […] Hay problemas de orden mental que para una revolución constituyen valladares tan difíciles como los que pueden constituir los más poderosos intereses creados. Nosotros no tenemos que luchar solamente contra una serie de intereses y de privilegios que han estado gravitando sobre la nación y sobre el pueblo; tenemos que luchar contra nosotros mismos […] Hay gente muy humilde que también discrimina, hay obreros que también padecen de los mismos prejuicios de que pueda padecer cualquier señorito adinerado. Y eso es lo que resulta todavía más triste.

Porque si aquí los que hubieran protestado de que yo abordara el problema de la discriminación, hubiesen sido los mismos que tienen latifundios, que tienen rentas, aquellos a quienes las leyes de la revolución hubiesen perjudicado, tendría una lógica; pero lo absurdo, lo que debe obligar al pueblo a meditar, es que haya levantado ronchas entre gente que ni tiene latifundios, ni tiene rentas, ni tiene nada, que no tiene más que prejuicios en la cabeza. Y eso es realmente lo doloroso[1].

Pero la sociedad cubana de hoy, después de más de medio siglo, posee una capacidad política interpretativa que no había en aquel momento. Por otra parte, muchas de las personas que estuvieron en contra de esa propuesta fidelista viven ahora en otros lugares. Paralelamente, como resultado de la propia Revolución, en la  actualidad las familias cubanas son más diversas en su identidad fenotípica y sus experiencias, incluidas sus grandes hazañas internacionalistas, como las luchas militares en África, seguidas de una extensa participación en educación, salud, cultura,deporte y las ciencias en general.

La realidad es que abordar el tema de la discriminación racial exige de un análisis político y científico que trascienda las apreciaciones personales, debido a su complejidad. Aunque, de cierto modo, es también lógico que haya acercamientos solo parciales, lo que hace difícil realizar juicios de valor porque se trata de un asunto que está aún ausente del debate público. El tema tampoco tiene el desarrollo científico que necesitaría en los currículos educacionales para deconstruir una historiografía que no profundizó, o quedó ausente,frente adeterminados acontecimientos como la llamada Guerrita de 1912 y su impacto en la población de origen africano y cubana en general.

Cuando los medios de comunicación asumen el tema, en ocasiones se observa un predominio de estereotipos sociales y raciales, que no permiten una comprensión más profunda acerca de la vigencia de la discriminación racial en Cuba. Sin lugar a duda, en la actualidad,  la televisión cubana ha comenzado un proceso de inclusión de imágenes donde la cubanidad está mejor presentada, aunque todavía el tratamiento del tema es insuficiente. Pero se advierte un interés por acercarse a la racialidad cubana desde una mirada más inteligente, algo que la población aprecia porque contribuye a crear nuevos imaginarios y representaciones sociales inclusivas.

En este modesto esfuerzo por promover la polémica sobre la racialidad desde la defensa de la Revolución, es importante decir que la participación de personas de origen africano en determinados cargos o profesiones no significa, necesariamente, la ausencia de discriminación racial, aunque constituya un elemento a tener en consideración. Esa presencia en la dirigencia cubana no exonera la existencia simultánea del racismo oculto, como parte de la discriminación racial, lo cual requiere de una evaluación más compleja donde se coloquen otras categorías y estatus sociales. Claro que esa inclusión responde al programa de la revolución desde sus inicios, que tuvo como paradigma la búsqueda de mayor justicia social, en cierta medida cumplida, pero no totalmente en este tema.

Poseer una identidad fenotípica determinada no significa, necesariamente, una comprensión política plena del conflicto. Una persona de origen africano por su identidad no está obligada a convertirse en antirracista, pues el racismo y la discriminación racial son fenómenos de tipo ideológico. Hablamos entonces del pensamiento como manifestación del ser humano,  por tanto, es necesario recalcar que la formación de la conciencia social y racial no es un proceso espontáneo, sino el resultado de una propuesta política específica.

Hay personas afrodescendientes con cierta comprensión de su identidad fenotípica y, aunque rechazan el modelo de dominación colonialista, no han podido desmarcarse de comportamientos sociales que repiten el afianzamiento de la subalternidad como paradigma de hegemonía cultural. Al mismo tiempo, otras personas que no tienen sus orígenes africanos cercanos o claros se enrolan en propuestas antirracistas de modo natural, ya que el conflicto no corresponde solo al color de la piel de las personas, sino que se trata del papel que el problema ocupa en la conciencia social dentro del modelo cultural.  Por ejemplo, como ha sido científicamente demostrado, una mujer puede reproducir, en la educación de sus descendientes, patrones de comportamiento patriarcales que perpetúan conductas machistas y eso no significa que no sea una buena madre.

Analizar la racialidad cubana supone también hacer una relectura de la construcción de la unidad nacional, no como un proceso acabado, sino como parte de una creación dialéctica, que continúa enriqueciéndose. Es importante recordar que en las repúblicas latinoamericanasfundacionales nació el concepto según el cual la ciudadanía correspondía, solamente, a las personas que mostraran una mayor blanquitud como fenotipo. En ese sentido, es preciso recordar que los pueblos originarios y afrodescendientes carecían de derechos ciudadanos, como parte de un modelo cultural que sobrevive en los imaginarios sociales, y es ahí donde la unidad nacional en ocasiones ha sacrificado a los segmentos excluidos.

Por tanto, la indispensable unidad nacional necesita de la inclusión como elemento fundamental del paradigma de país. Este texto es solo una modesta contribución a un debate propuesto a inicios de 2018, pero que deberá alcanzar una mayor presencia, desde mi punto de vista, porque se inscribe en la crítica que ha solicitado el presidente Raúl Castro para el perfeccionamiento de la sociedad cubana actual.

El propio Fidel insistió en la necesidad de cambiar todo lo que debe ser cambiado y, desde esa perspectiva, se impone analizar los logros, pero también reconocer las insuficiencias, precisamente para fortalecer el proyecto revolucionario, cuya responsabilidad está enmarcada en una lucha permanente de “Malecón para dentro”. No solo los enemigos inciden en nuestras dificultades, también está presente la responsabilidad personal y no como metáfora de la utopía, sino para el perfeccionamiento concreto de la sociedad cubana, donde cuenta el aporte de cada persona para desarrollar el principio martiano de “con todos y para el bien de todos”. (2018).

*Gisela Arandia Covarrubias es Doctora en Filosofía, investigadora, escritora y activista social. Integra la Red Regional de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora.

[1]Fidel Castro, marzo 25 de 1959. La Habana, 25 de marzo de 1959”

 

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