Baracoa: el viaje hacia lo esencial
Luis Ernesto Doñas regresa al cine cubano con su ópera prima de ficción, luego de una intensa etapa en la ópera lírica italiana.
Luis Ernesto Doñas conversa con los actores en el rodaje de Baracoa, su primer largo de ficción.
Foto: Cortesía del entrevistado
Luis Ernesto Doñas regresa al cine con Baracoa, su opera prima en la ficción, que confirma una trayectoria marcada por la Muestra Joven, el diálogo con grandes maestros del cine cubano y una intensa inmersión en la ópera europea.
En esta entrevista, el director repasa los aprendizajes que lo formaron, la génesis de su película y su manera de entender el viaje, la identidad y la resiliencia como ejes de una historia pensada para el público internacional, pero atravesada, de principio a fin, por lo cubano.
“Nunca hubiera sido el mismo sin la Muestra Joven”, confiesa Doñas recordando aquellos años en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic). Para él, la Muestra fue “el corazón palpitante de un panorama audiovisual que poco a poco se iba diversificando gracias a las nuevas tecnologías y al impulso de los movimientos de cine aficionado”.
En ese escenario descubrió a creadores que iban desde Terence Piard, Jorge Molina y Pavel Giroud, hasta Nicolás Guillén Landrián, Sara Gómez y Óscar Valdés. Ahí comprendió que “la Muestra fue un puente generacional, un laboratorio donde lo alternativo y lo institucional podían dialogar”.
Esa fricción, asegura, “generó transformaciones decisivas en el ecosistema del cine cubano, incluida la aceptación de las productoras independientes y la creación del Fondo de Fomento”.
Aprendizaje entre maestros
Del cuarto piso del Icaic, donde trabajó como asistente de edición del making of de El Benny (2006), Doñas conserva una memoria afectiva y formativa. “Era la mejor escuela posible. Allí no se medía el tiempo en horas, sino en pasión”, recuerda.
Trabajó junto a figuras como Pavel Giroud, Enrique Pineda Barnet y Fernando Pérez. De La Anunciación, su primer largo como editor, rescata “el verbo ‘puentear’, ese que Enriquito usaba para propiciar conexiones entre la literatura, la música, las artes plásticas y el cine”. Fernando Pérez, por su parte, le enseñó “la grandeza de narrar desde las imágenes y la emoción sin traicionar al niño interior”.
Años después, con Melaza (2012), de Carlos Lechuga, consolidó su visión del montaje como un espacio humano y orgánico. “Lo que me sigue acompañando es ese equilibrio entre disciplina y juego. El rigor no debe anular el disfrute”.

Del teatro lírico al regreso a casa
“Hace siete años se me presentó una oportunidad que no quise dejar pasar: ser el único director seleccionado, entre más de cuarenta candidatos internacionales, para una beca de dos años como director escénico en el Teatro de la Ópera de Roma. Esa oportunidad abrió un gran paréntesis en mi recorrido cinematográfico”, rememora.
Doñas reconoce que su paso por la Ópera de Roma lo transformó profundamente. “Crecí como artista y como persona. Siempre supe que mi regreso al cine sucedería pronto y que llegaría potenciado por esa experiencia en la ópera. Aprendí que la dirección es un acto de escucha: regular la densidad, el ritmo, la temperatura emocional”.
“Emocionalmente, nunca viví la ópera como una ruptura, sino como un flujo continuo. Siempre intenté enfrentarme al proceso creativo en la ópera del mismo modo en que aprendí en la escuela de cine de San Antonio de los Baños: con una mezcla de rigor, juego, intuición y trabajo colectivo”.
Ese aprendizaje, asegura, “volvió a aparecer naturalmente en Baracoa”, en el diseño visual, el trabajo actoral y la musicalidad de las escenas. No es casual que la música original sea de la maestra Bárbara Llanes, con quien comparte una larga complicidad artística.

El tejido creativo de Baracoa
La primera intuición surgió —confiesa— al conocer al actor Jaime Jiménez y su alter ego: la emblemática Estrellita; y observar su relación con Robe, su tuttofare, su compañero silencioso en la deriva nocturna.
“En esa dinámica había una célula narrativa muy potente, casi microscópica, que me permitía atravesar la noche habanera y sus rituales: las máscaras, los disfraces cotidianos, las estrategias de supervivencia y los modos —a veces excéntricos, a veces mínimos— en los que cada individuo persigue la idea de felicidad.
“Muy pronto entendí que esa búsqueda tenía algo profundamente cinematográfico, porque en nuestras condiciones cotidianas perseguir la felicidad es también un acto de resistencia y resiliencia.
“La película nació de esa fricción: entre lo que se muestra y lo que se oculta, entre la fiesta y la vulnerabilidad, entre el brillo y el agotamiento. Ahí empezó a aparecer Baracoa como largometraje, no tanto desde un argumento, sino desde una energía y un mundo. Persiguiendo la esperanza, siempre”.
Advierte que el actor Jaime Jiménez hace un cameo en la película “y fue decisivo en el estudio fugaz y profundo al que tuvo que enfrentarse Yadier Fernández para interpretar el rol”.
Su intención, explica, fue filmar un viaje físico y emocional que recorriera Cuba de punta a cabo. “El protagonista, que se cree el ‘Rey de La Habana’, al alejarse de su zona de confort, se despoja de las máscaras. El viaje es también un acto de despojo interior”.

Lo local y lo universal en la ruta cubana
“Mi mirada está inevitablemente atravesada por la distancia. La lejanía —y también la nostalgia— tienden a idealizar como un ejercicio de resistencia de la memoria. A esto hay que sumarle las miradas de los productores y colaboradores extranjeros, cada uno defendiendo su propio horizonte cultural. Ese cruce de percepciones ya planteaba un territorio donde se confrontan lo local y lo universal.
“Y luego está la realidad cubana, tan diversa, tan contradictoria, tan cruda e intangible, que puede ser narrada desde múltiples ángulos. Sin imposiciones creativas, el proceso fue derivando hacia sensibilidades que recuerdan al neorrealismo italiano tardío, donde ciertos elementos poéticos y estilizados conviven con una lectura casi documental de la realidad. Pienso, como ejemplo significativo, en Milagro en Milán de Vittorio De Sica.
“En Baracoa perseguí algo similar: leer la realidad desde la dignidad y la poesía de la resiliencia y la creatividad, sin perder el humor y la ternura como claves cubanas para entender la vida. Y focalizar todo desde el núcleo de las relaciones personales es otro modo de dar universalidad a la historia.
“El conflicto generacional entre padre e hijo, la confrontación individual con nuestro pasado para redescubrir nuestra esencia, la tolerancia hacia lo diverso, o el amor puro hacia los abuelos, son dimensiones humanas presentes en todas las culturas y contextos geográficos”.
Cuando le pregunto acerca de las resonancias con Miel para Ochún o Fresa y Chocolate, Doñas responde con serenidad: “Es inevitable: esas películas habitan nuestra memoria cinematográfica. No se trata de citas conscientes, sino de una tradición absorbida que reaparece cuando corresponde”.
Reconoce afinidades de tono y sensibilidad: “El abrazo final en ambas historias es un gesto de afecto que no necesita justificación. Son películas que enseñaron a narrar la identidad desde la ternura”.
Un set marcado por la complicidad
El rodaje de Baracoa significó su regreso a la gran pantalla. Doñas relata con humor y emoción los contratiempos del rodaje: “Tuvimos apagón nacional, ciclón y hasta un terremoto. Pero la complicidad del equipo fue decisiva”.
Evoca especialmente una frase del jefe de iluminación, Dario Colina: ‘Estás haciendo una bella película’. “Esa frase me dio una confianza enorme y confirmó lo que más valoro: la complicidad artística como punto de partida para todo proceso creativo”.
En ese “tejido humano” resalta la participación de su equipo técnico y artístico, con especial gratitud hacia los actores Yadier Fernández y Carlos Luis González, “dos intérpretes que entregaron cuerpo y alma”.
Italia en la ruta del viaje
La coproducción italo-cubana abrió espacio a un personaje extranjero que, lejos de ser una imposición, “se convirtió en oportunidad creativa”. Doñas recuerda que el guion se reescribió junto a Filippo Ascione, guionista italiano y colaborador de Federico Fellini.
“Nuestras propias historias y un viaje compartido por la misma geografía de los personajes hicieron que la narrativa ganara en verdad y profundidad”. Además, la presencia del legendario Giancarlo Giannini marcó la experiencia. “Fue un lujo absoluto. Cada conversación era una clase magistral. Giannini combina rigor y juego; trata el set como un lugar de experimentación constante”.
El actor italiano le dejó una enseñanza invaluable: “El personaje se vuelve físico antes de volverse psicológico. Esa sabiduría práctica no está en los manuales”.
Luz en la oscuridad
El estreno de Baracoa en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano fue, en palabras del director, “una noche sin electricidad, pero con muchísima luz”. La película compitió en la categoría de ópera prima y representó su reencuentro con el público cubano. “Ver a mi equipo en la sala, orgullosos del resultado, fue la mayor satisfacción”.
Sobre los protagonistas añade con orgullo: “Yadier Fernández alcanzó una madurez interpretativa invaluable, y Carlos Luis González encarna un personaje pleno de contrastes”. También destaca el debut cinematográfico de Giovanni Giusto y la presencia de figuras emblemáticas como Giannini, Paula Alí, Mireya Chapman y Yordanka Ariosa.
“Esa noche —dice Doñas— me sentí parte de una familia extendida, la del cine cubano que sigue vivo, luminoso y crítico”.
Más allá de las anécdotas de rodaje y de los nombres ilustres que acompañan el proyecto, Baracoa se inserta en una línea del cine cubano que vuelve al viaje como dispositivo para pensar la identidad y los afectos. (2026)
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