Gente del boom demográfico en Cuba
Forma parte de la serie La generación del boom demográfico en Cuba (1962-1968), cuando esos millones de niños y niñas peinan canas en un país distinto al que soñaron. IPS Cuba cierra esta entrega especial para La Esquina de Padura con esta crónica que reúne muchas historias, sueños y desengaños de gente diversa a lo largo de las últimas décadas.
Los cumpleaños de las niñas y niños de mi generación tenían el sabor de la época. No podía faltar el cake y los refrescos. Nuestros padres hacían piruetas para conseguir hacernos felices.
Foto: Tomada del álbum familiar.
Nací cuando el año 1964 se abría a la mitad, en junio para ser más exactos. Sin embargo no fue hasta bien entrada la adolescencia que tuve consciencia de que pertenecía a la generación del boom. Pero no de cualquiera sino del boom demográfico o lo que muchos llamaron gente del boom.
Adela, mi madre nos parió de “carretilla” en plena “efervescencia revolucionaria”. Ella decía que yo era la más resuelta e inquieta de sus tres hijos. Me gustaba mucho andar al aire libre, corretear detrás del papalote de mi hermano Humberto. Y cuando íbamos a casa de mis abuelos, en San Antonio de los Baños, mi madre nos llevaba a nadar en el río Ariguanabo. En época de vacaciones el río era la principal diversión de toda la chiquillada. Mi comida favorita era arroz blanco, huevo frito y plátano fruta. Le robaba las guayabas maliciosamente a Eduardo, mi hermano más pequeño, que se encaramaba en las matas y las tumbaba, y luego nos escondíamos a comérnoslas en una especie de sótano que tenía la antigua casa que fue de mis bisabuelos.
Adoraba la escuela y a mis maestros. Recuerdo que contraje hepatitis cuando cursaba el cuarto grado y hacía venir a Martica, mi mejor amiga de primaria, todos los días para copiar las clases.
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Éramos muchos en aquel centro docente, tantos que años después, mi abuela en tono burlón nos decía a mis hermanos y a mí: ¡Cómo han crecido mis niños del boom!
El proyecto social que había triunfado cinco años antes de mi nacimiento, en enero de 1959, había empezado a derrumbar con ímpetu avasallador los muros de la ignorancia, el desempleo y las injusticias sociales. Cuba quería construir el “Hombre Nuevo” a pasos agigantados e inauguraba profundas y, a veces, contradictorias transformaciones en todos los ámbitos de la vida.
En esos primeros años de la década del sesenta muchas mujeres comenzaron a incorporarse a empleos en diferentes sectores: industrias, hospitales, escuelas… La asignación de guarderías no satisfacía las demandas. Hubo que construir o adaptar locales que sirvieran como círculos infantiles para lograr la estabilidad de la fuerza laboral femenina.
Adela, mi madre, comenzó a trabajar con tres hijos pequeños. Gracias a su persistencia ante el buró sindical de la fábrica donde laboraba consiguió que nos aceptaran a mi hermano menor y a mí en un círculo que recién había sido inaugurado y que quedaba relativamente cerca de nuestra casa.
Mi madre era una “guerrera”, solía decir mi abuela, quien nunca aplaudió que su única hija se convirtiera de la noche a la mañana en una “obrera textil”. Claro el epíteto de guerrera se lo ganó a fuerza de llevar sobre sus hombros la carga de su empleo remunerado y del otro, no pagado, que hacía en mi casa.

Mis años felices
Mi cumpleaños número cinco me lo celebraron, junto con el de otros nueve de mis compañeros, en el círculo infantil. Dicen que a esa edad no se tiene buena memoria pero aquel día lo recuerdo nítidamente sobre todo porque salí llorando, contrario a lo que suele suceder en cualquier fiesta infantil.
El festejo —que nos habían preparado las “seños”, así les llamábamos a las educadoras— coincidía con una visita de los amigos soviéticos que apadrinaban la institución escolar. Y mi berrinche ocurrió justo en el momento de la entrega de los obsequios.
La camarada Svetlana comenzó a repartirlos. A Sergio le tocó un camión, a Elena una muñeca y así hasta que llegó el turno de Laurita a quien le entregaron un oso Panda con los ojos negros más tristes que jamás había visto. Todos los niños lo querían pero mi capricho era notable. Yo era la última de la lista y me tocó una matrioshka, que en esa época era muy popular en Cuba. La originalidad de aquellas muñequitas artesanales consistía en ser huecas por dentro y albergar en su interior una nueva muñeca. Niña al fin para mí no tenía ninguna gracia aquel presente… Con los años y la experiencia supe que aquel regalo fue como una premonición, pues las matrioshkas además de ser un emblema de la cultura tradicional rusa, simbolizaban la fertilidad y la maternidad, también la alegría, la prosperidad y la sabiduría. Pero me obsesioné con el oso. Y la formé. Mi llanto fue tal que Svetlana rebuscó dentro de los paquetes que traía pero solo había un oso, el de Laura.
Las “seños” se molestaron mucho conmigo y luego de aquel pésimo comportamiento, decidieron corregir mis emociones: todos los días, mientras mis amiguitos salían al recreo, yo permanecía en el salón repitiendo las labores de trazado de letras y números. Gracias a ello, y a pesar de mi enojo, desarrollé una caligrafía envidiable pero también una antipatía por los castigos y las imposiciones.
Los mejores maestros y las más secretas confesiones

La etapa de mis estudios secundarios y preuniversitarios fue la más linda y estremecedora de mi vida. Aprendí el valor de la amistad, el respeto a las opiniones diferentes, el cariño a mis maestros, gente noble y sacrificada que tenía un profundo amor por su profesión. Aprendí también a discernir y disentir y saber aprovechar al máximo las posibilidades y oportunidades que tuve para estudiar y desarrollar mi vocación.
No pocas políticas sociales tuvieron que acomodarse para satisfacer las demandas del boom demográfico en esos años. Ante el crecimiento de matrícula de la enseñanza media y preuniversitaria fue necesario construir numerosos centros docentes. Así nacieron las Escuelas Secundarias Básicas en el Campo (ESBEC) y también las vocacionales, para estudiantes de alto rendimiento académico.
Mi escuela, ubicada en el municipio Caimito, a unos 34 kilómetros de la Habana, era una instalación nueva, edificada para quienes arribábamos a la edad de la adolescencia. Tenía áreas docentes, recreativas y deportivas, incluso, una piscina. Rodeada de árboles que no solo ofrecían frescura y un ambiente muy agradable sino que además su espacio físico comprendía un inmenso terreno productivo sembrado de plátanos en el cual trabajamos de lunes a viernes. Quienes concibieron el plan de becas sustentaban todo aquel esfuerzo constructivo y educativo en el principio de combinar estudio y trabajo.
Para mí no había ningún problema con alejarme de mi casa y mi familia porque ya había pasado buena parte de mi infancia “becada”. Mis padres siempre entregados al trabajo y a las tareas de la Revolución nos educaron, a mis hermanos y a mí, convencidos de que la mejor opción era combinar libertad y compromiso.

Sin embargo para otros adolescentes la salida de casa y la permanencia en las becas significó una ruptura con las costumbres familiares incluso hubo quienes nunca se adaptaron. María Luisa, una de las muchachitas que inició el séptimo grado conmigo, abandonó los estudios antes de concluir el octavo. Una verdadera pena porque era la de mejores notas en matemáticas y ciencias.
La vida en la beca nos permitió compartir mucho más tiempo con los amigos y profesores que con nuestros propios padres. Para algunos eso significaba cierta “liberación” de la tutela familiar; para otros —con prejuicios y valores diferentes—, fue un verdadero desastre. Muchos no se acostumbraron a las reglas ni a la disciplina de la convivencia colectiva. Por otra parte, durante un tiempo fue obligatorio becarse para continuar los estudios secundarios.
Empecé el preuniversitario en la ciudad con un grupo de amigos, el piquete, que, con independencia de los rumbos que nos depararía, no sé si la vida o el destino, siempre nos mantuvimos cercanos y comunicados.
Todas estábamos enamoradas del profesor Octavio. Trigueño, alto, de ojos color caramelo. Lo que se decía entonces un bombón. Además de su físico, el profe de Literatura era culto y nos contaba las cosas como si estuviera narrando una película. Sus clases eran diferentes, inquietas, motivadoras. Nunca nos dijo “tienen que leer”; por el contrario, traía los personajes de las obras clásicas a nuestra realidad. Y esos personajes se convirtieron en compañeros de aula. Los exámenes eran ejercicios de interpretación. Nada de memoria ni preguntas y respuestas. Todos lo adorábamos, en especial, Miguel, mi mejor amigo, que era el monitor de su asignatura.
En mi caso aquellos años tuvieron el sabor de un gran desafío en lo emocional, afectivo y también en mi formación como ser humano. Recogí como una esponja todo lo bueno y lo malo y logré pasarlo por el filtro de mis propias convicciones y valores.
Crecí lo suficiente para darme cuenta del camino que comenzaría a edificar por mí misma y, claro, el que nunca tomaría aunque muchos creyeran que estaba nadando contra la corriente.

Se acercaba el fin de semana y deseábamos hacer algo diferente que no fuera ir al malecón, a la heladería Coppelia o a casa de Yoyi, “el mismo sitio de siempre”, cómo decía Maritza, una casona del Vedado con muchas comodidades y con un patio donde nos sentábamos a cantar las canciones de Silvio y Pablo acompañados por la guitarra de Mandy pero bajo la mirada escrutadora y acechante de la abuelita de Yoyi, que no permitía el más mínimo roce de manos ni el más inocente beso. Y en eso llegó Miguel con la noticia. “Caballero en la tele están anunciando un concierto de Joan Manuel Serrat (cantautor español, Barcelona 1943). Vamos todos juntos e invitamos al profe Octavio”. Me guiñó el ojo y con voz de ordeno y mando, me dijo: “Eres la encargada de invitarlo”.
Ese día nos reunimos en el Anfiteatro del Parque Almendares todo el piquete, incluido el profe Octavio, que fue con una camisa azul marino que nos deslumbró a todas.
Serrat y su voz y sus canciones y Nancy y Tomás que se apretujaban y Osvaldo y Maritza que se besaban y la alegría contagiosa y sana del disfrute de sentirnos fuera de los dogmas de algunos profesores y de contar con la presencia de Octavio… Y cuando estábamos en la plenitud de aquel goce colectivo, coreando las canciones de Serrat… la confesión de Miguel me paralizó de pies a cabeza.
“Amiga tengo que decirte algo pero júrame que no se lo vas a contar a nadie”, me dijo Miguel con lágrimas en los ojos.
“Qué te pasa mijo, no me asustes”.
“Estoy enamorado”. Sus palabras sonaban como apagadas.
“¡Ay niño era eso!”, le dije sonriendo.
“Cuando te diga de quién, te vas a morir”. Y ya no pudo más y rompió a llorar.
“Oye, por favor, acaba de decir”.
Su mirada era oscura e impenetrable.
“Estoy enamorado del profe Octavio, mi amiga, de Octavio”.
La decisión

Juan José, mi padre, estaba orgulloso de que su segunda hija fuera a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a estudiar nada menos que Matemática Cibernética.
Después de concluir el preuniversitario la gente del piquete comenzó a dispersarse aunque siempre hacíamos tiempo para encontrarnos. Unos fueron a estudiar letras y filosofía, otros se decidieron por la rama de las ciencias técnicas y yo tenía varias opciones pero opté por las matemáticas, en especial, por la Cibernética. En esa época tuvimos la posibilidad de estudiar en universidades de países del llamado Campo Socialista. La idea no me desagradaba, podría aprender otro idioma, conocer otro país y otra cultura.
Mi madre enfermó en el último año del pre. Y eso trastocó la vida familiar.
Antes de firmar la boleta de aceptación de la carrera hablé con papá. No me dejó terminar… “Si lo que quieres es estudiar esa carrera, te vas para Rusia. Tus hermanos y yo nos ocupamos de cuidar a tu madre”, me dijo en tono enfático. Firmamos la boleta y ese mismo día la entregué.
Quienes optamos por hacer alguna carrera, como en mi caso, en la ex Unión Soviética, teníamos que pasar un año estudiando el idioma antes de viajar.
En septiembre de 1979 comencé el curso introductorio en lengua rusa. Éramos pocos en la especialidad pero todos con muy buena preparación.
A fines de marzo de 1980 falleció mi madre. Quedé devastada. Una y otra vez su imagen venía a mi memoria. Siempre tan dispuesta, tan activa, tan alegre. Tenía, eso sí, un carácter fuerte y sabía decir las verdades más duras pero sin ofender. Para ella su familia estaba por encima de todo. Conservadora en ciertos temas sí que era. Fue criada como la mayoría de las mujeres de su generación con los tabúes sexistas que nunca pudo superar. Y en ese punto tuvimos nuestros encontronazos. Nunca entendió mis concepciones acerca del amor y la pareja. Cuando decidí contarle, poco antes de que enfermara, que no tendría hijos, estuvo varios meses sin hablarme. Yo cargué por largo tiempo con su silencio y el dolor de no poder abrazarla ni contarle cuánto la extrañé y necesité en los momentos más difíciles de mi vida.
Su partida me dejó devastada. ¿Cómo podrían soportar su ausencia mi padre y mis dos hermanos? ¿Cómo podría irme cinco largos años y dejarlos solos?
Mi mente era un torbellino de sentimientos y emociones encontradas y no lograba ver con claridad el futuro.
Sonó el teléfono. Era Miguel que me anunciaba su visita. “En un rato estoy en tu casa, me enteré de tu novedad y voy para allá. ¿Cómo es posible que no nos hayas avisado?”, me dijo con cierto reproche. Y colgó.
Mariel: el primer parteaguas

La última vez que vi a todo el piquete del pre fue al día siguiente de la muerte de mi madre. Miguel los llamó y todos llegaron, como en los viejos tiempos: en pandilla.
Caí envuelta en un abrazo largo y sostenido, solo interrumpido por la voz de mi padre que nos traía la deliciosa limonada que a todos nos gustaba tomar cuando estudiábamos en casa.
Y así empezamos el recuento de cómo nos iba en la universidad y de las novias y novios nuevos… Solo Nancy y Tomás seguían juntos, a pesar de que una estudiaba Letras y el otro Economía.
El piquete sabía de mi decisión de irme a estudiar en la antigua URSS y a ninguno le agradó. Solo Miguel me defendió con vehemencia. Esa fue la última vez que lo vi. Una semana después me enteré que se había ido por el Mariel (entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980 salieron por el puerto de Mariel, a unos 30 kilómetros de La Habana, unos 125 mil cubanos). Ninguno de los amigos del pre se imaginó el motivo que llevó a mi mejor amigo a abandonar el país, su carrera, sus amigos, su familia. Yo sí. Miguel era gay y ciertas circunstancias lo obligaron a hacerlo. Sus abuelos maternos vivían en los Estados Unidos desde los sesenta y lo reclamaron.
Lo que no le perdoné fue no habérmelo contado. Me hubiera gustado abrazarlo y decirle cuánto lo extrañaría…
Lo ocurrido en el Mariel fue duro para todos. Después de lo de Miguel, supimos que Mandy y su familia también se iban… Y otros muchachos del pre y del barrio. Estuvimos tristes durante un tiempo, sin muchas ganas de salir a divertirnos a pesar de que Nancy y Tomás nos insistían en ir al teatro, a las exposiciones de artes plásticas y a los conciertos de la Nueva Trova…
Sin Miguel y su entusiasmo todo era diferente. La ciudad perdía su ritmo y los días parecían un inventario de palabras fragmentadas, un sin sentido. La esperanza se escamoteaba, se desgastaba.
Mi partida a Moscú no fue como me la había imaginado. Atrás dejaba mi familia herida y el piquete roto.
Mientras ascendía por las escalerillas del avión mi corazón se agitaba y la ciudad se desdibujaba ante mis ojos. Lo vivido pasó a ráfagas como en una película. Y en medio de aquel caos mis temores sobre el futuro inmediato irrumpían con una terquedad que no lograba explicar.
Moscú: antesala del próximo derrumbe

Se iniciaba el curso escolar 1980-1981. Yo en la lejana Moscú y mis amigos en La Habana. Según supe después, en ese curso estudiaron en la ex URSS más de 6 mil cubanos. Antes, en la década del setenta, otros jóvenes habían ido a formarse como profesionales de la ciencia, la técnica y las humanidades en las principales universidades soviéticas: incluían desde ingeniería atómica hasta filosofía y comunismo científico. Pero la colaboración en el campo educativo entre Cuba y la antigua URSS tuvo su inicio en el propio año 1960, en los inicios del boom demográfico, cuando se firmaron los incipientes convenios para formar especialistas en cursos de superación técnica y profesional en 180 especialidades; muchos estudiaron ingeniería y carreras científicas con todos los gastos pagados por los pueblos soviéticos.
Visto a la distancia, la experiencia valió la pena en muchos sentidos, en lo profesional, me esforcé por aprender y creo que lo conseguí. Y en lo personal me dejó huellas profundas que sirvieron para crecerme como ser humano. Descubrí un país diverso y contradictorio, gente buena y trabajadora y otros que lucraban con el sacrificio ajeno. El socialismo soviético estaba lleno de matices, muy alejado a como lo pintaba la propaganda occidental. Poco a poco logré transparentar lo verdadero detrás de lo aparente y comprendí que nada en la vida es blanco y negro.
En Moscú conocí a Luis Ángel, un muchacho tímido e introvertido, genio en las matemáticas, que luego sería mi compañero en el amor y la vida. Y pude ahondar en las complejidades de la naturaleza humana, sus fisuras y deslumbres no sólo en mi relación con los cubanos de curso sino en la vida cotidiana de la ciudad y de aquella sociedad llena de dogmas y consignas huecas, donde el “ideal socialista” languidecía y se momificaba.
Pero en Moscú también conocí a gente culta y solidaria que nos hicieron un espacio en sus vidas. Nikolai y su novia Nadia, Serguei y Vania… Con ellos disfrutamos de las noches del Bolshoi, la poesía de Alexander Pushkin (poeta y dramaturgo ruso, 1799-1837), el té y las comidas típicas rusas…
Aquellos años fueron la antesala del próximo derrumbe que llegó a fraccionar la inmensa nación eslava para siempre y a cambiar el mapa del mundo.
El regreso y la segunda gran estampida

La calle 23, en plena Rampa habanera, era un verdadero hervidero de creación: las pintadas, murales, performances e intervenciones en espacios públicos y culturales estaban a la orden del día.
Justo en ese momento, 1986, regreso de Moscú. El piquete, que nunca había estado ausente, a pesar de la distancia geográfica, me recibe con “bombos y platillos”.
Una de las primeras salidas a pocos días de mi llegada fue a una de aquellas exposiciones. Arte Calle —integrado por jóvenes estudiantes de artes plásticas de la Escuela Nacional de Arte, el Instituto Superior de Arte y la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, entre otros— se propuso intervenir en la realidad cotidiana a partir del cuestionamiento al mercado artístico. Usaban la sátira e incluso el “escándalo” en sus performances para llamar la atención. Para ellos, el espacio urbano era soporte de intervención y lugar de riesgo. El muro, la acera, la acción imprevista y el encuentro con el transeúnte desplazaron el arte fuera de los marcos protegidos de la sala expositiva.
Fue muy sonado por esa época el mural de la Playita de 16, en Miramar, con un texto que decía: “No necesitamos bienales, nosotros tenemos el espacio”. Fue un mural muy polémico y levantó ronchas entre algunos de los funcionarios de Ministerio de Cultura.
Tanto Arte Calle como el Grupo Puré se distinguieron por el rechazo a la red institucional de galerías y la voluntad de trabajar en la vía pública o en espacios más o menos underground.
Jóvenes al fin, nos identificamos con su modo atrevido e irreverente de cuestionarlo todo. Y de ahí salíamos a los conciertos de la Trova, en aquella vieja casona de la Habana colonial.

Por mi amiga Nancy, que estudiaba Filología, me hice habitual lectora del periódico Juventud Rebelde que publicaba estupendas crónicas de Emilio Surí (Camagüey, 1952) y Leonardo Padura (La Habana, 1955), lo mejor del periodismo literario de esa época. ¿Cómo entender ese momento de Cuba viniendo de la experiencia de haber vivido en Moscú?
En esos años, Cuba mantenía una dependencia económica de la Unión Soviética y ofrecía una estabilidad material relativa, aunque esa estabilidad estaba atravesada por signos de fatiga. El país no vivía aún la devastación que llegaría con el Periodo Especial, pero la década contenía ya los indicios de un agotamiento estructural.
La retórica de la abundancia futura convivía con formas concretas de escasez; el lenguaje heroico de la revolución con una vida cotidiana cada vez más burocratizada.
Luis Ángel y yo teníamos muchos sueños y aspiraciones, entre ellas incorporarnos a algún centro de investigación para aplicar nuestros conocimientos. Pero a nuestro regreso sólo había plazas para ejercer la docencia. Nos decepcionamos. Más Luis Ángel que yo. No hubo más remedio que aceptar impartir clases. Deseábamos casarnos, tener nuestra independencia. Pero en esos años vivíamos en la casa de mis padres en el Cerro, en mi cuarto, compartiendo espacio con mi padre, mis hermanos y sus novias. Entonces, la Facultad de Física de la Universidad de La Habana nos abrió las puertas.
En 1992 Luis Ángel aplicó a una beca en España para hacer su maestría y se la aprobaron. Pero tenía que ir solo. Antes decidimos casarnos. Fue una ceremonia sencilla. Invitamos al piquete, mis dos hermanos y sus novias y mi padre. Ya sentíamos los efectos de las carencias y dificultades de la vida cotidiana, los largos y extenuantes apagones…

Estuvimos lejos durante dos largos años hasta que un buen día recibí la noticia de que desde la Universidad de Educación a Distancia de Madrid me invitaban a un evento científico. El decano de la Facultad me miró con cierta suspicacia pero el centro docente español corría con todos los gastos y era imposible negarse.
¿Estaría Luis Ángel detrás de esa invitación? En efecto, con sus amigos españoles había conspirado para que yo pudiera participar del evento y así poder vernos. Mi vuelo estaba señalado para los primeros días de septiembre de 1994. Pero un contratiempo desafortunado me impidió viajar.
Eduardo, el menor de mis hermanos, se había lanzado al mar en una embarcación improvisada rumbo a los Estados Unidos. Estuvimos buscándolo durante días. Humberto, mi hermano mayor y yo fuimos a ver a su mejor amigo quien nos confirmó que era cierto. Eduardo fue uno de los más de 30 mil cubanos que protagonizaron lo que se llamó la “crisis de los balseros” en el verano de 1994.
Mi padre se descompensó emocionalmente y yo temía que mi partida a Madrid profundizara su estado de salud. Luis Ángel no lo podía creer. Pero la realidad superaba toda esperanza…
Miguel 30 años después

Nunca he creído en nigromancias ni adivinaciones. Y no es que no tenga mi fe pero confieso que lo que estaba por venir eso sí nunca lo imaginé.
Luis Ángel nunca regresó a Cuba y nuestro amor duró apenas el tiempo en que las circunstancias lo permitieron. Siempre nos contamos todo y a pesar de la distancia y las vidas separadas fuimos amigos, como en los tiempos de Moscú. Su carrera prosperó y la mía también, solo que en escenarios diferentes.
El piquete me acompañó en los más duros momentos. Mi padre no superó la ausencia de Eduardo y falleció. Humberto, mi hermano mayor, y yo decidimos permutar nuestra casa del Cerro por dos apartamentos más pequeños. Yo fui a vivir a Cojímar, el pueblecito marinero que sirvió de inspiración al gran novelista Ernest Hemingway. La cercanía del mar me dio el sosiego que necesitaba y mi existencia comenzó a tener más sentido con la entrada de mi sobrino Leonardo a aquel refugio de sol, mar y pescadores. Me cobijé en su alegría y en las buenas vibras de su compañía. Leo se convirtió en el hijo que nunca planifiqué tener.
Pero lo que estaba por venir era algo que no sospechaba. El piquete, o los pocos que quedamos en Cuba, se fue nucleando aún más en torno a mi casa de Cojímar. Sus visitas y tertulias se fueron haciendo más frecuentes. Mi casa era el punto de encuentro habitual. Pero aquellos días de febrero del 2010 los muchachos del piquete estaban “raros, escurridizos”. No me llamaban. Ya teníamos pactada nuestra cita para el sábado 15 y ellos ausentes… Leo y yo habíamos hablado con dos pescadores que se dedicaban a la venta de pescado por contrabando. Pargo frito sería el plato principal para la ocasión, un manjar “inusual y peligroso” sobre todo para la mayoría de los cubanos que a pesar de vivir en una isla rodeada de agua, no veíamos pasar los “pejes” por la mesa desde hacía mucho tiempo. Un alumno me había regalado una botella de vino blanco y Leo iba a comprar otras cositas para picar.
Pero notaba algo raro en el ambiente. A última hora, me llamó Maritza y me dijo que desplanificara todo que no podía hacerse el encuentro. Cogí tremendo berrinche y le dije a Leo que invitara a su novia ese fin de semana, que nos íbamos a emborrachar. Las alas se me habían roto.
Ese sábado en la mañana, sentí el timbre de la puerta sonar una y otra vez. Debe ser Leo con su novia, pensé. Y cuando abro: la sorpresa. ¡Miguel de la Fuente!, Miguel mi mejor amigo frente a mí. Me froté los ojos y solo alcancé a decirle: “¡Hijo de…!”.
El resto del piquete entró sonriendo, haciendo bulla como siempre y burlándose de mi ropa de dormir. “Tan chea como siempre”, dijo Nancy. “Mira esos pelos”, exclamó Maritza. Y Miguel y yo que no nos separábamos… No sé cuánto tiempo duró aquel abrazo. Solo quería sentirlo cerca y que regresara en aquel abrazo parte de mi adolescencia y juventud, que Miguel nunca se hubiera ido, que no nos hubiéramos fragmentado, que el país que soñábamos entonces y los sueños y esperanzas de aquella generación no fueran una mueca, un espejismo…
Ahora, recordando aquel momento, en este agónico verano de 2026, con solo dos escasas horas de corriente eléctrica y sin conexión a Internet, me pregunto, una y otra vez: ¿A dónde fue a parar aquel país que soñó mi generación? ¿A dónde fue a parar aquel anhelo colectivo de conquistar toda la justicia posible? ¿Qué triste realidad es esta sobrevida? …
La Habana, Cuba, julio-agosto del 2026

3 comentarios
magalys
Gracias a ti Idania por recoger en esta crónica un retrato de quienes somos y de cómo estamos. Gracias también a La Esquina de Padura y a IPS Cuba por entregarnos esa serie llena de honestidad periodística.
Jose
Qué gusto me da leerte amiga. Y esa crónica es la purita verdad. ¿ A dónde se fueron nuestros sueños? Por lo menos desde este lado del mundo vivo y trabajo pero todos ustedes siempre están en mi memoria. Un abrazo y gracias por esa hermosa y sincera crónica.
gonzalo
Tu crónica me recuerda mucho a lo que le pasó a muchos de mi generaciòn cuando el Mariel. Luego a esos mismos que se criticaron tanto, los recibimos con los brazos abiertos y con el slogan de los de «la comunidad» en alusión a la emigración cubana en EE.UU. Mucha agua ha caído pero lo triste es que muchos de aquellos sueños se han roto en el camino.