Los huevos y las mordidas de la memoria

Teatro del desolvido.

Huevos, obra teatral del escritor cardenense Ulises Rodríguez Febles, que ha sido llevada a la escena en Camagüey por el grupo Teatro del Viento

Los huevos de gallina han sido el alimento más popular en Cuba desde siempre. Fritos, hervidos, revueltos, en tortilla…, en nuestra comida es un componente esencial. Pero, además de su importancia gastronómica, desde 1980 el huevo adquirió, también, otro significado.

Durante los actos de repudio por los sucesos de la embajada de Perú y el éxodo por el puerto de Mariel, el huevo fue utilizado como proyectil humillante contra las personas que iban a emigrar, quienes, sitiadas en sus viviendas, además de sufrir los gritos denigrantes que les proferían, también debían soportar la afrenta “huevera”, contra sus casas y contra ellas mismas.

Sin embargo, en la década siguiente, en medio de las carestías del llamado período especial, los “repudiadores” más notorios fueron sujetos de burla –huevos mediante– de aquellos emigrantes de vuelta en la isla; los huevos, escasos y caros, les recordaron las injurias de 1980.

Ese es el contexto espacio-temporal y el argumento de Huevos, obra teatral del escritor cardenense Ulises Rodríguez Febles, que ha sido llevada a la escena en Camagüey por el grupo Teatro del Viento que dirige Freddy Núñez Estenoz.

Diez personajes rememoran en Huevos el drama que vivió la sociedad cubana durante esos acontecimientos. Diez personajes en pugna con la familia, la amistad, los sentimientos, las emociones, en medio de la compulsión política y la convulsión social de aquellos años.

Tanto la familia representada como el resto de los personajes de la obra nos muerden la memoria –como el simbólico perro incluido en el libreto– y nos recuerdan casos similares que no olvidaremos nunca porque son heridas que no cierran, ni en el cuerpo de la sociedad ni en las conciencias.

La obra muestra heridas que no cierran, ni en el cuerpo de la sociedad ni en las conciencias.

La obra

Previo a un apagón –de los interminables de los noventa– Eugenio descubre que han amurallado su casa con huevos, muchos huevos, frescos, seductores, atrayentes… que provocan una sacudida en su memoria, porque justamente él fue uno de los brazos ejecutores de las tiraderas de huevo de 1980, porque precisamente él fue instigador, organizador, protagonista, en el acto de repudio que sufrió una familia. Ahora, trece años después, un miembro de esa familia ha regresado y le ha hecho un regalo: una montaña de huevos.

Así comienza Huevos y desata un viaje al pasado. En la estructura de la obra se establece un contrapunto entre dos épocas (1980 y 1993) en diferentes planos espaciales: la vivienda de la familia objeto del repudio (la cual, trece años después, resulta ser la misma del organizador del repudio); la vivienda de Pastora, la madre de Oscar, el padre de Oscarito, el personaje que regresa; la vivienda de Elena, José y Margarita, participantes en el repudio (los dos últimos); la calle, el espacio público en que ocurre el acto de repudio.

Los sucesos de la embajada de Perú y el posterior éxodo por Mariel acentuaron un cisma en la sociedad que está muy bien expresado en Huevos. En cada familia representada hay una colisión, un enfrentamiento entre sus miembros.

Margarita, la estudiante, “debe” asistir al acto de repudio porque “en la escuela dicen que no debemos faltar. Van a pasar lista”; pero Elena, la madre, le recuerda que su tío “está afuera”. Su tío, “que no comprendió la revolución. Ni ninguno de nosotros”, declara, trazando una línea ideológica entre su familia y la de su esposo José.

En la familia repudiada, también hay divisiones: mientras Alicia abandonaría el país junto a su hijo, su esposo, Oscar, militante del partido comunista, en principio se quedaría en Cuba con su madre, Pastora. Pero sus sentimientos de padre y su rechazo a la hostilidad desatada durante el acto de repudio lo empujaron en otra dirección. Su decisión de marcharse provocó el rechazo de su madre, quien, trece años más tarde, aún decía: “A ese hijo mío lo enterré. Mil metros de tierra encima. […]. Una es así. No puedo ser de otra manera”.

Más de una década después las heridas seguían ahí, doliendo. Y cada cual creía tener razones para acusar al otro, o la otra, porque lo que ocurrió estaba en la memoria, aunque algunos no quisieran recordar. Oscarito acusa a Margarita por participar en el repudio a su familia, pero ella le recuerda que él le gritó a Pedro en el repudio que le hicieron en la escuela.

Como en El hombre de Maisinicú, fueron muchos quienes “pincharon”. “Arriba, Margarita, lee el comunicado”, la conminó Eugenio. “Hazle caso a Eugenio, Margarita”, le dijo su padre, quien supuestamente fue al acto para protegerla de la violencia física, pero no la protegió del daño moral, no la protegió del discurso de odio.

A su vez, Pastora, quien durante todo el tiempo mantuvo intacto el rencor contra su hijo por haberse ido, finalmente propone olvidar: “No queda más remedio que olvidar. O morirnos”. Pero Enelio, su otro nieto, no está de acuerdo: “¿Olvidar? Aquí nadie va a olvidar, abuela. Jamás he olvidado. No va a haber olvido. Yo no puedo olvidar que de pronto se fue toda mi familia, y tenía que olvidarlos, que odiarlos”.

Enelio es la voz de quienes tuvieron la entereza de no prestarse al odio, de quienes sí escribieron a su familia emigrada, a pesar de las planillas donde debían declarar que se relacionaban con ella, a pesar de las caras fruncidas de quienes extendían las planillas, a pesar de todos los pesares por defender una actitud así.

Cartel promocional de la pieza teatral

El autor

Ulises Rodríguez Febles escribió Huevos en 2003. La obra ha sido representada en Matanzas, en La Habana, en Miami, en Camagüey, por grupos diferentes, y en cada puesta él ha vivido experiencias y emociones diversas, según ha escrito en un testimonio que ha tenido la deferencia de compartirnos. De ese texto reproducimos un fragmento a manera de epílogo:

Huevos me transformó personalmente en cada experiencia catártica que he vivido con sus puestas. Gente que llora, gente que se estremece, gente que cuenta sus testimonios, de los que fue protagonista o testigo, gente que confiesa, incluso, que tiró huevos y se arrepiente, gente que se entera que eso sucedió, y entonces los padres o los abuelos o alguien, le cuenta historias diversas, contradictorias…”

Más adelante agrega: “Huevos es una obra histórica, que refiere, significa, dialoga, que se inserta en el ahora mismo, para hablarnos de la realidad viva y del entramado social, para interrogar los conflictos, las atmósferas, los sucesos, el dolor, el trauma intensificado de la nación, y donde estamos nosotros, ahí, de espectadores”. (2022)

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