Visiones de la pandemia en suelo cubano (10)

La covid en carne propia.

Ya no soy un ser social, solo un superviviente (hasta ahora), un zombi, afirma el autor.

Desde mayo del presente año hemos venido ofreciendo, en este sitio, el testimonio de profesionales de la medicina, las ciencias sociales, la literatura, las artes, y el periodismo, sobre su parecer y sentir respecto a la pandemia de la covid-19 en la isla. Ellos y ellas nos dijeron cómo han transcurrido sus días y reflexionaron sobre esta realidad que vivimos desde marzo de 2020. Ahora me toca a mí hacer lo propio.

No es un relato placentero. Luego de veinte meses de tránsito por este camino estamos hastiados de coronavirus. Lo que empezó, primero, como una mala noticia en Asia, se extendió como un relámpago por los cinco continentes. Así, vivimos, durante mucho tiempo, pendientes cada día de la información que se derivaba de esos eventos.

Pero llega un momento en que ya no puedes más, que tienes que tirar un cable a tierra porque ese zumbido desagradable alteró tu ritmo de vida, movimientos, maneras de relacionarte, de conducirte en el espacio público y hasta en el hogar.

Caminé, durante dieciocho meses, como si atravesara un campo minado, evitando el contacto con otras personas, tratando de intercambiar lo menos posible, porque –nos decían– que las partículas que se despiden al hablar o respirar podrían alcanzarnos y contagiarnos, si contenían el virus. Y me creí a salvo por guardar una conducta de protección férrea.

Durante año y medio, mi esposa y yo vivimos encerrados y temerosos de contagiarnos por algún error en alguna de mis poquísimas salidas del hogar, o por tocar una superficie contaminada, un artículo venido del exterior, un paquete “premiado” con coronavirus en alguna de sus partes al que no le aplicamos la cantidad suficiente de jabón o detergente.

Fue en vano. Dos meses atrás, ingresamos en la lista de víctimas. ¿Cómo fue? No lo sabemos. Sucedió. Lo que sí sé ahora es que quien no haya sido recluido en una sala de terapia, o haya perdido un ser querido, o haya estado en peligro de perderlo, no tiene idea de lo que es ese túnel de horror en que te aferras a cualquier tabla de salvación posible y sabes de familiares, vecinos y amigos verdaderos.

A mí me tocó la tercera de las posibilidades. Por supuesto, no puedo comparar mi sufrimiento con el dolor físico y emocional de quien está hospitalizado grave. Saber que uno puede morir sin la cercanía de sus seres queridos es una de las cosas más terribles de esta enfermedad. Es un temor que solo se puede imaginar. Pero saber que tu ser querido está solo en un hospital y puede fallecer sin un último abrazo te oprime el pecho a más no poder. Te lleva a un desasosiego indescriptible, a vivir en una zozobra y estar pendiente del teléfono las veinticuatro horas.

Quienes enferman grave, pero logran salir del hospital, les viene después otro proceso también difícil, una especie de estrés postraumático, como el que sufren los soldados supervivientes de una guerra. En la etapa post covid, debes ir, poco a poco, dejando de estar pendiente de la oxigenación, de la presión arterial, de la temperatura corporal; y sufres dolores en distintas partes del cuerpo, tienes insomnio, y te siguen preocupando muchas cosas de la enfermedad.

Aunque yo no enfermé grave, también me preocupa, en primer lugar, volverme a contagiar. Poco sabemos de la reinfección porque no hay nada claro al respecto. Te hablan de un tiempo de inmunidad que varía de acuerdo con el científico que lo diga, pero también escuchas que puedes contagiarte con otras cepas. Y si en alguna parte lees que la reinfección será más suave, en otras te dicen que será peor. ¿Entonces? ¿A quién le crees? ¿Cuál es el criterio correcto? ¿Y cuántas vacunas debes ponerte? ¿Cada cuánto tiempo?

Veinte meses después de comenzar esta guerra no veo la luz al final del túnel. Salí de uno y continúo en otro. Sigo saliendo a la calle lo menos posible, y cuando lo hago, camino en zig zag. Ya pisé una mina hace dos meses que ni siquiera sé dónde estaba. Evito la gente, no quiero que me hablen ni se me acerquen. Ya no soy un ser social, solo un superviviente (hasta ahora), un zombi. Sigo encerrado, temeroso, angustiado. He perdido casi dos años de vida y contando. Para quienes pasamos de setenta es una catástrofe.

Unos días atrás terminó la Serie Mundial de las Grandes Ligas. Vi estadios llenos en Houston y en Atlanta. Cuarenta mil personas disfrutando del béisbol. Hablando, riendo, festejando, sin mascarillas. Ahora también vemos mucho público en los partidos de las eliminatorias al Mundial de fútbol en Qatar, en América y en Europa. Me pregunto en qué mundo vivo yo, tan lejos de eso. ¿Será en otro planeta? Pero el titular de un medio de publicación que consulté ayer decía. “Crece la cuarta ola de coronavirus en Europa”. Es una pesadilla interminable. (2021)

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